La activista trans estadounidense Miss Major Griffin-Gracy muere a los 78 años
ATA - Sylvia Rivera • 16 de octubre de 2025

Miss Major Griffin-Gracy, una mujer trans negra y activista de toda la vida que una vez vivió en el Área de la Bahía, falleció el 13 de octubre. Tenía 78 años.
Miss Major, como se la conocía ampliamente, había pasado los últimos años viviendo en Arkansas y falleció en su casa en Little Rock rodeada de familiares y amigos, según un comunicado de prensa de House of gg - Griffin-Gracy Educational Retreat and Historical Center. Fue allí donde entró en un hospicio en casa a principios de octubre, según amigos. Había sufrido varios problemas de salud a lo largo de los años, incluido un derrame cerebral en 2019.
El comunicado señaló que Miss Major, también conocida como "Mama", luchó durante más de 50 años por la comunidad trans, de género no conforme y LGB, especialmente por las mujeres trans negras y aquellas que han sobrevivido a la encarcelación y la brutalidad policial.
En San Francisco, Miss Major se desempeñó como directora ejecutiva del Transgender Gender-Variant Intersex Justice Project. Había cofundado TGIJP en 2004 con Alexander Lee, un hombre trans asiático americano. La organización sin fines de lucro trabaja para acabar con los abusos contra los derechos humanos contra las personas trans, intersexuales y de género diverso, particularmente las mujeres trans negras que están en las prisiones y centros de detención de California.
En 2023, Miss Major escribió un libro con Toshio Meronek, "Miss Major Speaks: Conversations with a Black Trans Revolutionary", que habla de su vida como ex trabajadora sexual, y una anciana y activista trans que había sobrevivido al hospital psiquiátrico Bellevue, la prisión de Attica, la crisis del VIH/SIDA y un mundo que la supremacía blanca ha construido, como describió la editorial, Verso.
"Ella ha compartido consejos con otras trabajadoras sexuales en la incipiente escena del baile drag de finales de la década de 1960, y ayudó a fundar una de las primeras clínicas de intercambio de agujas de Estados Unidos desde la parte trasera de su camioneta", decía la página web del libro.
Janetta Johnson, una mujer trans negra que es la actual CEO de TGIJP, escribió en el sitio web de la organización a principios de este año elogiando a Miss Major.
"Nunca olvidaré el día en 1997 cuando llamé a Miss Major y dije: 'Quiero un cambio. Necesito un cambio. Necesito ayuda. ¿Me ayudarás?' Y ella dijo: '¡Claro, cariño!' Respondí: '¡Gracias! Estaré allí en dos semanas. Dame la dirección'", escribió Johnson.
"Dejé Tampa, Florida, para ir a San Francisco, conociendo solo a una mujer trans negra que se decía que era parte de la elevación de la comunidad trans negra", agregó. "Me subí al Greyhound y llegué a San Francisco. Considero que ese movimiento fue el comienzo de ser criada, apoyada y nutrida por Miss Major, teniendo una mamá trans, una hermana y una amiga. Ella me amaba, me cuidó para que recuperara la salud y me ayudó a encontrar una sensación de seguridad dentro de mí. Me enseñó a amar, a ser fuerte y a buscar refugio no solo para mí, sino para mi comunidad".
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Barcelona, octubre de 1991. España todavía está entrando en los años 90, a unos meses de los Juegos Olímpicos. La ciudad intenta proyectar modernidad, apertura, libertad. Pero, en una glorieta del parque de la Ciutadella, un grupo de jóvenes neonazis encuentra a varias personas sin hogar descansando bajo unas mantas. Entre ellas hay una mujer trans de 45 años, Sonia Rescalvo. Pocos minutos después sería asesinada a golpes, patadas y barras metálicas, y otras dos personas resultarían gravemente heridas con secuelas permanentes. Y aunque entonces casi nadie lo sabía, aquel crimen iba a cambiar para siempre la manera en que la justicia española entendería los delitos de odio. ¿Quién era Sonia? Sonia Rescalvo nació en Cuenca en 1965. Y como muchísimas personas trans de su generación, tuvo que marcharse de su entorno para poder vivir su identidad. En la actualidad, usamos una palabra muy potente para eso: sexilio. Y Barcelona en aquella época, con todas sus contradicciones, era uno de los pocos lugares donde una persona trans podía intentar construir una vida con algo más de libertad. Sonia trabajó como vedette durante un tiempo, pero la realidad terminó golpeándola muy duro entre adicciones, prostitución y pobreza extrema. Una vulnerabilidad que la convertiría en un claro objetivo. La noche de los hechos El 5 de octubre de 1991, un grupo de jóvenes skinheads pasaba la noche por distintos bares de Barcelona, y sobre las tres y media de la madrugada entraron en el parque de la Ciutadella. Allí llegan a una glorieta donde duermen varias personas sin hogar tapadas con mantas y empiezan a hacer ruido. Sonia y otra persona les dicen algo muy sencillo: que los dejen dormir. En ese momento, se desencadena lo peor. Los agresores se dan cuenta de que quienes están allí son homosexuales y personas trans, y uno de ellos utiliza la expresión “subir a tocar el tambor”, que en su argot significaba golpear brutalmente la cabeza de alguien en manada. Los agresores comenzaron a patear sus cabezas y tórax, hasta que Sonia perdió el conocimiento. Seguidamente, uno de los neonazis comprobó si alguna de las víctimas seguía respirando, para acto seguido acabar con su vida. Un antes y un después en la justicia española El caso Sonia obligó a la justicia española a hacerse una pregunta distinta. Hasta entonces muchas investigaciones se centraban exclusivamente en: quién golpeó, quién mató o quién llevaba el arma. Pero este crimen obligó a preguntarse algo mucho más profundo: ¿por qué eligieron precisamente a esa víctima? Porque ella no fue asesinada al azar. Era una mujer trans, era pobre y dormía en la calle. En definitiva, era vulnerable. La agresión no solo buscaba matarla sino mandar un mensaje de exclusión y de odio a todo un colectivo. Los errores en la construcción del caso El problema estructural en este caso radica en que no se contemplara el motivo discriminatorio en el actuar criminal. Muchas veces, el problema aparece al principio, en cómo se mira el crimen. Con Sonia ocurrió algo peligrosísimo: se empezó investigar como una agresión salvaje de jóvenes violentos, pero no con toda la intensidad necesaria como una posible agresión selectiva contra personas vulnerables. Afortunadamente, el Mosso d’Esquadra Joan Carles Molinero Juncà, se hizo cargo de esa investigación y la impulsó de forma moderna y profesional, pero voluntarista. Y eso condiciona todo. Porque, si desde el primer momento no incorporas la discriminación como hipótesis, el odio puede desaparecer del procedimiento aunque sea el núcleo del crimen. La importancia del fiscal especialista en delitos de odio Hay quien piensa que un fiscal solo aparece en el juicio. Y no. Hay fiscales revisando denuncias, monitorizando procedimientos, intentando detectar motivaciones discriminatorias que a veces ni siquiera aparecen claramente descritas en el atestado inicial por razones ajenas a los policías. Esta labor exige formación, sensibilidad y muchísimo compromiso humano. Y a pesar del esfuerzo, su ánimo no decae. Saben que detrás de cada denuncia hay una persona que muchas veces llega rota, con miedo, con vergüenza o con sensación de que nadie le va a creer. Y ahí, el papel del fiscal es estrictamente necesario. La realidad de las mujeres trans en la actualidad En unas jornadas recientes en la Fiscalía, se analizó el asesinato de Sonia, con la oportunidad de conversar y aprender de Sofía, Judith y Marina, mujeres trans con increíbles reflexiones e historias a sus espaldas. No hablaron desde el resentimiento, pero también desde la dignidad, reivindicando algo tan simple como su derecho a existir, a vivir tranquilas y a no tener miedo. Un testimonio que recuerda que la discriminación y la transfobia no conceptos abstractos. Detrás de ellas hay seres humanos, y la dignidad humana, no se debate. ¿Acabarán algún día este tipo de crímenes? El fiscal asegura que el problema no ha desaparecido, sino que ha cambiado de forma. A día de hoy tenemos mejores leyes y mayor formación, pero siguen existiendo discursos de deshumanización que se amparan en era de la desinformación. Hay que recalcar dos ideas fundamentales: 1. Los delitos de odio no castigan ideas, castigan conductas que lesionan derechos fundamentales en un contexto discriminatorio. 2. Los discursos de odio sí son peligrosos por sí mismos, porque reducen las barreras frente a la violencia. Cuando conviertes constantemente a un colectivo en amenaza, acabas facilitando que alguien crea legítimo atacarlo. Y por eso recordar a Sonia no es mirar al pasado. Es preguntarnos qué sociedad queremos ser, si una sociedad donde determinadas personas tengan miedo de existir, o una capaz de proteger la dignidad de todos. Martín reafirma que la dignidad humana no puede depender ni de la identidad, ni de la orientación sexual, ni del aspecto físico, ni de la pobreza, ni de la vulnerabilidad. Porque, es para todos, o al final no será para nadie. https://cadenaser.com











