Gemelos trans: “Mi hermano era la única persona a la que miraba y podía certificar que yo no era un error de la naturaleza”

ATA - Sylvia Rivera • 16 de julio de 2026
  • Rusly Cachina Esapá nació en Guinea Ecuatorial, es escritora y activista por los derechos LGBTIQ+.
  • Radicada en Madrid, habla de su propia historia y de los derechos vulnerados en su país, pero también en Europa.

Rusly Cachina Esapá tiene 30 años, es oriunda de Guinea Ecuatorial y tiene un hermano gemelo. Ellos no sólo tienen en común el vientre materno, sino que ambos hicieron son trans.


Desde 2022 Rusly vive en Madrid, trabaja como técnica de igualdad en una ONG de España y, aunque está a un continente de distancia de su hermano, su vínculo sigue siendo igual de cercano: la historia compartida, el amor y el apoyo mutuo no conocen de fronteras.


“Hemos sido apoyo mutuo frente a una sociedad que muchas veces nos rechazó”

En diálogo con Clarín, desde Madrid, Rusly repasó toda su vida: la discriminación, las numerosas dificultades que tuvieron que atravesar en su país de origen y cómo entre hermanos supieron ser refugio y espejo antes, durante y después de la transición.


Su infancia, aseguró, “estuvo marcada por muchas preguntas sobre quién era”. Ella, quien siempre intentó ser fiel a sí misma, recordó su niñez, una etapa que estuvo muy lejos de ser lo amable o feliz que cualquier niño o niña merece.


Desde muy pequeña supe que mi identidad no coincidía con lo que la sociedad esperaba de mí. Con el tiempo entendí que no podía vivir escondiéndome y decidí asumir mi identidad con honestidad y valentía. Fue muy importante crecer junto a mi hermano gemelo, que también es una persona trans, porque de alguna manera compartimos un camino de búsqueda y comprensión. Era la única persona a la que miraba y podía certificar que yo no era un error de la naturaleza”.


Lo que la une a su gemelo, resumió, es profundo y difícil de explicar con palabras: “Mi hermano y yo hemos compartido un camino muy especial. Los dos somos personas trans y, aunque cada experiencia es diferente, crecer juntos nos permitió entendernos de una manera muy profunda. Hemos sido apoyo mutuo frente a una sociedad que muchas veces nos rechazó, y ese vínculo sigue siendo una parte muy importante de mi vida”.


“Mi identidad nunca fue una negociación”

Los hermanos se enfrentaron a las dudas de su familia, el bullying en el colegio y a la discriminación que, según la gemela, aún persiste fuertemente en Guinea Ecuatorial. Su identidad, al principio, generó mucho impacto en el hogar.


Como ocurre en muchas familias, hubo miedo, confusión y muchas preguntas. Para mi madre fue mucha más presión social, ya que la expectativa de una mujer exitosa es que tenga un hijo varón, por lo que identificarme como una niña era un reto para ella; suponía enfrentarse a todo el mundo pero también a ella misma”, contó la activista.


Pese a los obstáculos que sabía iba a tener que sortear, avanzó sin mirar atrás. “Con el tiempo aprendí que nadie puede vivir mi vida por mí. Siempre fui una persona muy independiente y les dejé claro que tenían dos opciones: aceptarme tal como soy o perderme. Mi identidad nunca fue una negociación”.


No negociar, entonces, tuvo consecuencias: sobre todo en la escuela, uno de los sitios que en vez de contenerla, la rechazaba. “El colegio fue uno de los lugares más duros de mi vida. Sufrí acoso constante por parte de compañeros e incluso de algunos profesores y de la junta directiva de manera continuada, sin que eso tuviese consecuencias sobre ellos, ya que era la norma: acosarme para que pueda ‘ser un varón de verdad’”, afirmó.


Mientras que muchos añoran la etapa escolar, Rusly la recuerda como una verdadera tortura: “Hubo docentes que me humillaron delante de toda la clase y eso dejó heridas muy profundas. Llegó un momento en el que ir a estudiar era como ir a una guerra. Cambié varias veces de escuela. Aun así, esas experiencias también fortalecieron mi decisión de luchar para que ninguna infancia trans tenga que pasar por lo mismo”.


“No puedo permanecer en silencio mientras tantas personas siguen siendo violentadas simplemente por existir”


Durante su infancia, el único lugar seguro para los gemelos parecía ser su casa. En Guinea, detalló Rusly, los derechos de la comunidad LGBTIQ+ son constantemente vulnerados.


“Ser una mujer trans en Guinea Ecuatorial significa vivir con miedo, pero también con una enorme capacidad de resistencia. Durante muchos años crecimos sin referentes, escondiéndonos y buscando espacios seguros donde simplemente pudiéramos existir. La discriminación afecta al acceso a la educación, al empleo, a la salud y a la propia seguridad”, explicó.


Muchas mujeres trans terminan en situaciones de extrema vulnerabilidad porque el sistema les cierra casi todas las puertas. Acaban en redes de trata, abandonadas por la familia y en situación de extrema vulnerabilidad social. Por eso decidí dedicar gran parte de mi vida al activismo: porque entendí que el silencio nunca nos iba a proteger”, enfatizó Rusly sobre el lugar donde nació.


La hostilidad del contexto la llevó a emigrar e instalarse en Madrid. “No elegí venir a España por comodidad; vine porque mi vida corría peligro en Guinea Ecuatorial. En 2022 tuve que salir de mi país debido a la violencia que sufrimos las personas trans, pero también porque quería crecer sin límites y poder denunciar las injusticias sin que hacerlo se convirtiera en una herramienta política para poner mi vida en riesgo”.


Ya en Europa, con su historia a cuestas, unió dos luchas: la de las diversidades sexuales y la de los inmigrantes. “Sin intención de romantizar mi experiencia, Madrid me ha enseñado que ningún derecho conquistado está garantizado para siempre si no se protege, se revisa y se defiende constantemente. También me ha permitido conocer esa España que muchas veces vemos desde fuera, a través de la televisión, y descubrir que la realidad sobre el terreno puede ser muy distinta cuando una tiene que enfrentarse a la burocracia, al racismo, a la transfobia, al homonacionalismo o a derechos que, en muchas ocasiones, siguen estando pensados y garantizados principalmente para las personas LGTBIQ+ españolas o con pasaporte comunitario”.


Su vínculo con el activismo no fue intencional, sino algo que trascendió lo racional, que vino de sus raíces, de su historia y sus emociones: “No me levanté una mañana pensando que quería convertirme en activista. Lo único que sabía era que había cosas que me dolían demasiado como para callarlas. Empecé hablando de mi realidad y de la de tantas personas que, como yo, vivían atravesadas por el miedo, la violencia y el abandono. Si contar la verdad incomodaba, entonces seguiría contándola”.


Y enfatizó: “No puedo permanecer en silencio mientras tantas personas siguen siendo violentadas simplemente por existir. En Guinea Ecuatorial se siguen vulnerando derechos fundamentales: el acceso al empleo, a la educación, a la salud, a una vida libre de violencia y al reconocimiento de la identidad de las personas trans. Además, continúan existiendo prácticas como las llamadas terapias de conversión y muchas personas LGTBIQ+ viven bajo amenazas, persecución y exclusión social”.


“Existir con autenticidad, en un mundo que tantas veces intenta decirnos lo contrario, ya es una forma de transformar la realidad”

Rusly es una más entre las que alzan la voz, las que se animan, las que luchan, las que anhelan, las que no aceptan que la esperanza de vida de una persona trans tenga punto final antes de los 40 años.


Sueño con una Guinea Ecuatorial donde nadie tenga que exiliarse por ser quien es. Donde las personas trans puedan crecer con referentes, terminar sus estudios, acceder a un trabajo digno y construir un proyecto de vida sin que el miedo marque cada decisión”, afirmó.


Pero sus deseos no se ubican sólo a un lado del mapa: “También sueño con una Europa que haga de la diversidad una práctica y no un eslogan. Una Europa que no recurra a las personas queer únicamente para representar una diversidad de escaparate, sino que nos reconozca como sujetos políticos con voz propia. Una Europa donde los derechos no dependan del pasaporte que llevas en el bolsillo; donde las leyes también miren a las personas migrantes, refugiadas y solicitantes de asilo LGTBIQ+, y donde se hable con nosotras, no sobre nosotras”.



“Y sueño con una África dispuesta a sentarse a la mesa para escuchar. Un continente capaz de abrir conversaciones difíciles sin que la diversidad sea entendida como una amenaza, sino como una realidad que siempre ha existido. Sueño con una África donde hablar de derechos humanos, de identidades y de libertad deje de ser un tabú y se convierta en una oportunidad para construir sociedades más justas”, agregó.

La autora de Adivina quién soy yo (Kairat), un libro infantil basado en hechos reales escrito con el fin de dar visibilidad a las personas trans, cerró: “En lo personal, quiero seguir formándome, escribiendo y creando espacios de acompañamiento. Quiero seguir tendiendo puentes entre África y Europa, porque estoy convencida de que los cambios más profundos no nacen cuando hablamos por otras personas, sino cuando aprendemos a escucharlas y a construir junto a ellas”.


Ella, que en su niñez no tuvo un referente a quien mirar en las horas de desesperanza, les habló a las infancias trans que hoy quizás atraviesen algo de lo que ella ya vivió: “Les diría, antes que nada, que no hay nada malo en ellas. Que nunca permitan que el rechazo, el miedo o los prejuicios de otras personas les hagan dudar de quiénes son. Su identidad no necesita ser corregida, escondida ni justificada; merece ser respetada, protegida y celebrada”.



Y concluyó: “También les diría que no están solas. Aunque a veces el camino parezca difícil, siempre habrá personas que las vean, las escuchen y las quieran por lo que realmente son. Existir con autenticidad, en un mundo que tantas veces intenta decirnos lo contrario, ya es una forma de transformar la realidad”.


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