Vivir mejor, vivir ocultas: La lucha de las mujeres trans en Siria
En una Siria que intenta borrarlas, las mujeres transgénero se aferran a frágiles sueños de escape.
En el tercer piso de un edificio de apartamentos en Jaramana, al sur de Damasco, Siria, una figura aparta discretamente una cortina para mirar la calle. Una llamada rápida es suficiente. Se concede permiso para subir. Tras la puerta aparece Maya. La mujer transgénero de 20 años no tiene buen aspecto. El día anterior, dos hombres la emboscaron a la entrada de su edificio. “Esperaron a que llegara a casa y luego me arrastraron hasta mi apartamento mientras me insultaban y me presionaban la cabeza contra el suelo”, cuenta mientras con delicadeza fuma cigarrillos de filtro morado.
A la entrada de su pequeño estudio, unos cuantos mechones de cabello aún dan muestras de la violencia del ataque. El lado izquierdo de su rostro presenta hematomas que ha logrado disimular gracias a sus habilidades con el maquillaje. “Sueño con irme de mi país y convertirme en maquilladora”, dice con una leve sonrisa, interrumpida por el dolor en el cuello. En el sanguinario régimen del dictador Bashar al-Ásad, que cayó el 8 de diciembre de 2024, las personas transgénero eran criminalizadas. “Las leyes dirigidas contra la comunidad LGBT no han cambiado desde el Mandato Francés”, explica François Zankih, director del Movimiento Guardianes de la Igualdad, la primera organización que brinda apoyo a esta comunidad en Siria.
La época precolonial era legalmente más permisiva, con una especie de tolerancia pragmática. Cuando finalizó el Mandato y Siria logró su independencia, se promulgó el Código Penal de 1949. El artículo 520 se convirtió en la principal herramienta de persecución. “Uno de los artículos prohíbe vestirse de mujer, conducta sancionada con penas de seis a nueve meses de prisión”, añade Zankih. Maya ya ha enfrentado esa condena. Cuando regresó del Líbano tras cumplir 18 años, luego de escapado el hogar familiar y de manos de proxenetas que abusaban de ella, fue encarcelada. “Pasé varios meses en prisión al volver a Siria, incluido un tiempo en un centro reservado exclusivamente para mujeres transgénero, donde ni siquiera podía estirar las piernas”, suspira. “Los guardias nos agrupaban para poder abusar de nosotras. Nos hacían ir a sus oficinas y nos obligaban a practicarles sexo oral”, añade con la mirada casi impasible.
Una vez liberadas del infierno carcelario de las prisiones de Ásad, las mujeres sirias transgénero se vieron condenadas a otro tipo de reclusión, esta vez al aire libre. “Vive mejor, vive oculta”, podría decirse. En esta sociedad conservadora, las miradas en la calle son implacables; sus documentos de identidad llevan incluso la anotación de “Disforia de identidad de género”. Maya tiene pocos amigos en su barrio de Jaramana, la mayoría pertenecientes a la comunidad LGBTQ+. El resto de sus interacciones sociales son en línea, a través de redes sociales. Para muchos sirios, la huida de Bashar al-Ásad a Rusia significó la liberación y la recuperación de la sensación de libertad tras medio siglo de dictadura totalitaria. Pero Maya nunca se hizo ilusiones sobre su destino. “Sabía que, para las mujeres transgénero como yo, todo sería peor que antes. Esperaba que me mataran”.
Hacia mediados de 2025, mientras regresaba de una fiesta de cumpleaños con cuatro amigas transgénero, el taxi en el que viajaban fue detenido en un puesto de control de las fuerzas gubernamentales. “El soldado empezó a coquetear con nosotras y, cuando le dijimos que éramos transgénero, su actitud cambió. Nos insultó y nos llevó a la oficina del jeque (autoridad religiosa) más cercana”, relata Maya. “Seré indulgente con ustedes, pero otro no lo hubiera sido”, les dijo el jeque. Aquello sonaba más a una amenaza que a un acto de compasión. Siguiente parada: la comisaría. Las retuvieron allí durante todo un día. Les cortaron el pelo largo con un cuchillo y luego las obligaron a firmar una declaración en la que se comprometían a no “imitar a una mujer”. Desde entonces, Maya lleva peluca constantemente por vergüenza.
Desde que una coalición de grupos rebeldes islamistas llegó al poder en diciembre de 2024, Guardianes de la Igualdad ha documentado alrededor de 15 ataques contra mujeres transgénero. Es probable que la cifra sea inferior a la realidad, ya que pocas se atreven a hablar de la violencia que sufren. “Hemos registrado ataques perpetrados por fuerzas vinculadas al nuevo gobierno y por grupos armados drusos. Se enfrentan entre sí, pero atacar a la comunidad LGBTQIA+ es un punto en común”, lamenta Zankih. A lo largo de 2025, Guardianes de la Igualdad registró un aumento del 60% en las solicitudes de asistencia de emergencia. “Catorce años de guerra han radicalizado profundamente a la sociedad, y el país ha adoptado posturas religiosas mucho más extremas”, explica Zankih. En respuesta, Guardianes de la Igualdad intenta aumentar su visibilidad entre las comunidades afectadas para dar a conocer mejor el apoyo que ofrece.
Uno de los principales desafíos que enfrentan las mujeres transgénero es la imposibilidad de trabajar y el aislamiento forzoso impuesto por el miedo a salir en público. Maya sale de su apartamento con un hiyab para pasar desapercibida, y solo sale para ir a la tienda de la esquina a comprar artículos de primera necesidad. No puede contar con su familia para pagar el alquiler: su padre presentó una denuncia en su contra y la desconoce. Como resultado, se ve obligada a ejercer el trabajo sexual para mantener un techo sobre su cabeza. A través de una aplicación, conoce discretamente a hombres que luego acuden a su residencia. Esto le permite obtener ingresos esenciales para continuar viviendo. Me pidió que no mencionara cómo funcionan el trabajo sexual y las aplicaciones, para no perjudicar su “negocio”.
En respuesta, la organización ha desarrollado un programa de capacitación para ayudar a las personas trans a acceder a oportunidades de trabajo remoto. “Ofrecemos subsidios para que puedan comprar una computadora y todo lo que necesiten. El programa dura un año y tiene como objetivo liberarlas de la discriminación en el mercado laboral”, dice Zankih. A pesar de esta ayuda, la mayoría de las personas trans sueñan con una sola cosa: huir de Siria. Desde la caída del régimen de Ásad, 400 mujeres transgénero sirias han contactado a Helem, organización que defiende los derechos LGBTQ+ en El Líbano que buscan ayuda para escapar del país. De ellas, la organización ha registrado la llegada de 32 procedentes de Siria. Pero es una travesía peligrosa que exige poner la vida en manos de traficantes. En diciembre de 2024, cuatro personas trans desaparecieron mientras intentaban llegar al Líbano; no hay informes al respecto, pero es una historia muy conocida dentro de la comunidad. Esto marcó profundamente a Grace y sigue aterrorizándola.
Grace no se atreve a correr el riesgo. Envuelta en un abrigo blanco y holgado que contrasta con su aspecto frágil, su sufrimiento se hace palpable a los pocos segundos de conversación. “Me paso la vida fingiendo ser heterosexual. Odio mi aspecto. Me deprime por completo”, confiesa en voz baja en una cafetería del casco antiguo. Sentada al fondo de la cafetería, su voz vacila y sus frases nunca pasan de unas pocas palabras. A pesar de su evidente timidez, Grace rechazó en repetidas ocasiones la oportunidad de hacer una pausa durante su testimonio. Grace nació en el seno de una familia religiosa y perdió a su padre muy joven, ahora vive con su madre, que prefiere ignorar la verdadera naturaleza de su hija. También en casa, la joven se ha acostumbrado a adoptar una identidad que no es la suya. Sin embargo, cuando su madre descubrió mensajes íntimos intercambiados con un chico, Grace dejó de encajar en la imagen que se esperaba de ella y llegaron los castigos.
“Después de que (mi madre) encontró esos mensajes, fuimos a casa de mi tío, donde él me golpeó”, cuenta mientras muestra fotos de su ojo amoratado y ennegrecido. “Luego me llevó a un psicólogo para someterme a una terapia de conversión, e intentó hacerme sentir culpable y cambiar mi sexualidad. Nunca volví”. Este tipo de terapia es común entre todas las sectas en Siria, y el trauma que estas prácticas provocan a veces va mucho más allá de la sola violencia psicológica. “Hemos recopilado numerosos testimonios que describen episodios de tortura que incluyen usar cables eléctricos que perpetran los propios psicólogos”, dice François Zankih.
Al igual que muchas mujeres transgénero, Grace encuentra consuelo entre sus amigos en línea. Creó una página de Instagram donde se sentía libre para expresarse, pero sus compañeros de clase la descubrieron rápidamente. “Al salir de clase, un chico me estaba esperando y me apuñaló en la muñeca. Después de eso, los profesores dejaron de hablarme”, relata la estudiante de secundaria con la mirada baja. A Grace le cuesta trabajo imaginar un futuro, atrapada en una familia que la rechaza, un entorno escolar violento y una sociedad que la excluye. Se refugia en sus sueños, que son muchos. “Quiero irme al extranjero, hacer la transición, ser farmacéutica, pero, sobre todo, formar mi propia banda de música. Cuando toco la guitarra soy feliz y me olvido de todo”, dice, esbozando la primera sonrisa durante la conversación. Luego hace una pausa de unos segundos antes de añadir: “¡Modelo! ¡Realmente me gustaría mucho ser modelo!”.
Al mencionar esa palabra, Grace recupera una sonrisa cándida, un destello de ese sueño infantil que debería haber podido conservar. Por un momento, la violencia de la realidad parece desaparecer. En un espacio de fantasía, se imagina en otro lugar, vista de otra manera, libre en su cuerpo y en su imagen. No eligió el nombre “Grace” por casualidad. Lo tomó prestado de la modelo siria Grace Zak, encarnación de un ideal que se le negaba. Un refugio, una promesa silenciosa. En un país que intenta borrarla, Grace se forja otra existencia, frágil e introspectiva donde, por un instante, puede respirar y ser ella misma.
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