Adiós Dolly van Doll, pionera de la trans que reinó en la noche de Barcelona durante años

ATA - Sylvia Rivera • 15 de octubre de 2025

Nacida en Turín en 1938, dejó un legado imborrable como impulsora del cabaret Belle Époque y símbolo de resiliencia en la era franquista. Conquistó escenarios internacionales y atrajo a estrellas como Onassis y Sara Montiel.

Dolly Van Doll, célebre artista y mujer de negocios, ha fallecido en Barcelona este lunes a los 87 años en un centro médico debido a un accidente cerebrovascular. Fernando Vila, su antiguo esposo, y Cristine Berna, pionera trans en Cataluña, íntima compañera, estuvieron a su lado hasta el último momento. Su legado como impulsora de la noche barcelonesa y símbolo de resiliencia trans perdurará.

Carla Follis era el nombre real de la vedette conocida como Dolly Van Doll. En nuestro país será recordada como impulsora del icónico espacio 'Belle Époque' en Barcelona y una mujer de negocios trans que dejó una huella indeleble en la vida nocturna. Pertenecía a la primera generación de personas trans que llegaron para sorpresa del resto de la sociedad y con una capacidad de romper con lo establecido en cuanto a géneros hasta entonces. Recientemente, el magnífico documental Enigma, sobre la musa de Dalí, Amanda Lear, era un viaje por esa generación que, con París como epicentro, acabó llamando la atención de todo el mundo. Allí Dolly conoció a Amanda, como Kiki de Tokyo. Un pasado que Amanda se empeñaba en negar en el citado documental a pesar de todas las pruebas que le mostraban.

En los años 50, Dolly Van Doll conoció a Peki cuando trabajaba en Madame Arthur, el primer local de travestis de París creado en 1946. Solían cenar a menudo. En el documental, admite que Amanda era un hombre y que años después, cuando fue a saludarla, le dijo: "No la conozco, déjeme en paz. Lo hizo con todo el mundo siempre. Nunca dijo a la gente que cambió de sexo".

Nacida en Turín en 1938, presenció la II Guerra Mundial siendo una infante y desde los once años afirmaba sentirse como una niña. Desde siempre se identificó como mujer, y a los 24 años se convirtió en la pionera italiana en someterse a una operación de reasignación sexual, la cuarta en todo el planeta con resultados positivos, realizada en Casablanca (Marruecos) en 1963. "Soy una mujer feliz y con salud", expresaba en una charla en el programa Noms Propis de La 2, a sus 86 años, destacando que "me ha pasado de todo: bueno y malo". Manejaba una gran cantidad de lenguas y ha actuado en 24 países, incluyendo Japón, Turquía, Grecia y Alemania, donde ya gozaba de renombre antes de llegar a España.

Al pisar suelo español en 1971, ya era una estrella consolidada. Se dice que aterrizó en Barcelona al volante de su propio coche descubierto, que hasta tenía teléfono. El promotor Emili Caballé viajó a Alemania para reclutarla, aunque ella no requirió intermediarios. Estrenó su arte en el Gambrinus, un establecimiento del Barrio Chino de la década de 1960, ya extinto, contiguo a Les Enfants, donde abundaban intérpretes trans como Madame Artur y Coccinelle. 

Sin embargo, Dolly poseía un encanto único, una figura imponente, travesura y atractivo que la distinguían. Sus actuaciones osadas y provocativas en discotecas y teatros de variedades revitalizaron la vida nocturna barcelonesa en plena dictadora franquista. Conquistó el Barcelona de Noche, donde las filas se formaban para admirarla gracias a su ingenio particular y originalidad en shows como Noches de otoño, Delirio de estrellas y Loco, loco cabaret. Ya había arrasado en salas internacionales como el Chez Nous de Berlín, el Bar-Celona de Hamburgo y Le Carrousel de París. En Barcelona generó impacto inmediato: se presentó en el Teatro Victoria y en 1976 actuó como presentadora en un evento que introdujo en el escenario a Ángel Pavlovsky, imitador argentino que igualmente forjó una trayectoria en la noche barcelonesa.


En 1982, Dolly Van Doll realizó un avance significativo al inaugurar, junto a su esposo Fernando Vila y un exempleado, el Belle Èpoque, ubicado en el viejo Teatro Moratín de la calle Muntaner, reconvertido luego en la sala de fiestas Luz de Gas, un salón musical de variedades más refinado que operó hasta 1995. "El vestuario, el maquillaje, todo estaba muy estudiado", describía. Por sus noches desfilaron famosos como Onassis, Maria Callas, Gloria Swanson, Joséphine Baker, Paul Newman, Janet Jackson y Sara Montiel. "Venían a ver el espectáculo y se quedaban con la boca abierta porque yo era la más guapa", indicaba con una carcajada, enfatizando que "en el momento en que entraban por la puerta del teatro, entraban en mi mundo". En su hogar custodiaba el renombrado libro de firmas del 'Belle Époque', que alcanza los 40 kg de peso, con autógrafos y anotaciones de personajes influyentes como Pasqual Maragall. "Hay mucha gente que me conoce y me estima", revelaba la figura que dejó huella en el mundo del cabaret.


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Barcelona, octubre de 1991. España todavía está entrando en los años 90, a unos meses de los Juegos Olímpicos. La ciudad intenta proyectar modernidad, apertura, libertad. Pero, en una glorieta del parque de la Ciutadella, un grupo de jóvenes neonazis encuentra a varias personas sin hogar descansando bajo unas mantas. Entre ellas hay una mujer trans de 45 años, Sonia Rescalvo. Pocos minutos después sería asesinada a golpes, patadas y barras metálicas, y otras dos personas resultarían gravemente heridas con secuelas permanentes. Y aunque entonces casi nadie lo sabía, aquel crimen iba a cambiar para siempre la manera en que la justicia española entendería los delitos de odio. ¿Quién era Sonia? Sonia Rescalvo nació en Cuenca en 1965. Y como muchísimas personas trans de su generación, tuvo que marcharse de su entorno para poder vivir su identidad. En la actualidad, usamos una palabra muy potente para eso: sexilio. Y Barcelona en aquella época, con todas sus contradicciones, era uno de los pocos lugares donde una persona trans podía intentar construir una vida con algo más de libertad. Sonia trabajó como vedette durante un tiempo, pero la realidad terminó golpeándola muy duro entre adicciones, prostitución y pobreza extrema. Una vulnerabilidad que la convertiría en un claro objetivo. La noche de los hechos El 5 de octubre de 1991, un grupo de jóvenes skinheads pasaba la noche por distintos bares de Barcelona, y sobre las tres y media de la madrugada entraron en el parque de la Ciutadella. Allí llegan a una glorieta donde duermen varias personas sin hogar tapadas con mantas y empiezan a hacer ruido. Sonia y otra persona les dicen algo muy sencillo: que los dejen dormir. En ese momento, se desencadena lo peor. Los agresores se dan cuenta de que quienes están allí son homosexuales y personas trans, y uno de ellos utiliza la expresión “subir a tocar el tambor”, que en su argot significaba golpear brutalmente la cabeza de alguien en manada. Los agresores comenzaron a patear sus cabezas y tórax, hasta que Sonia perdió el conocimiento. Seguidamente, uno de los neonazis comprobó si alguna de las víctimas seguía respirando, para acto seguido acabar con su vida. Un antes y un después en la justicia española El caso Sonia obligó a la justicia española a hacerse una pregunta distinta. Hasta entonces muchas investigaciones se centraban exclusivamente en: quién golpeó, quién mató o quién llevaba el arma. Pero este crimen obligó a preguntarse algo mucho más profundo: ¿por qué eligieron precisamente a esa víctima? Porque ella no fue asesinada al azar. Era una mujer trans, era pobre y dormía en la calle. En definitiva, era vulnerable. La agresión no solo buscaba matarla sino mandar un mensaje de exclusión y de odio a todo un colectivo. Los errores en la construcción del caso El problema estructural en este caso radica en que no se contemplara el motivo discriminatorio en el actuar criminal. Muchas veces, el problema aparece al principio, en cómo se mira el crimen. Con Sonia ocurrió algo peligrosísimo: se empezó investigar como una agresión salvaje de jóvenes violentos, pero no con toda la intensidad necesaria como una posible agresión selectiva contra personas vulnerables. Afortunadamente, el Mosso d’Esquadra Joan Carles Molinero Juncà, se hizo cargo de esa investigación y la impulsó de forma moderna y profesional, pero voluntarista. Y eso condiciona todo. Porque, si desde el primer momento no incorporas la discriminación como hipótesis, el odio puede desaparecer del procedimiento aunque sea el núcleo del crimen. La importancia del fiscal especialista en delitos de odio Hay quien piensa que un fiscal solo aparece en el juicio. Y no. Hay fiscales revisando denuncias, monitorizando procedimientos, intentando detectar motivaciones discriminatorias que a veces ni siquiera aparecen claramente descritas en el atestado inicial por razones ajenas a los policías. Esta labor exige formación, sensibilidad y muchísimo compromiso humano. Y a pesar del esfuerzo, su ánimo no decae. Saben que detrás de cada denuncia hay una persona que muchas veces llega rota, con miedo, con vergüenza o con sensación de que nadie le va a creer. Y ahí, el papel del fiscal es estrictamente necesario. La realidad de las mujeres trans en la actualidad En unas jornadas recientes en la Fiscalía, se analizó el asesinato de Sonia, con la oportunidad de conversar y aprender de Sofía, Judith y Marina, mujeres trans con increíbles reflexiones e historias a sus espaldas. No hablaron desde el resentimiento, pero también desde la dignidad, reivindicando algo tan simple como su derecho a existir, a vivir tranquilas y a no tener miedo. Un testimonio que recuerda que la discriminación y la transfobia no conceptos abstractos. Detrás de ellas hay seres humanos, y la dignidad humana, no se debate. ¿Acabarán algún día este tipo de crímenes? El fiscal asegura que el problema no ha desaparecido, sino que ha cambiado de forma. A día de hoy tenemos mejores leyes y mayor formación, pero siguen existiendo discursos de deshumanización que se amparan en era de la desinformación. Hay que recalcar dos ideas fundamentales: 1. Los delitos de odio no castigan ideas, castigan conductas que lesionan derechos fundamentales en un contexto discriminatorio. 2. Los discursos de odio sí son peligrosos por sí mismos, porque reducen las barreras frente a la violencia. Cuando conviertes constantemente a un colectivo en amenaza, acabas facilitando que alguien crea legítimo atacarlo. Y por eso recordar a Sonia no es mirar al pasado. Es preguntarnos qué sociedad queremos ser, si una sociedad donde determinadas personas tengan miedo de existir, o una capaz de proteger la dignidad de todos. Martín reafirma que la dignidad humana no puede depender ni de la identidad, ni de la orientación sexual, ni del aspecto físico, ni de la pobreza, ni de la vulnerabilidad. Porque, es para todos, o al final no será para nadie. https://cadenaser.com