Una mujer trans denuncia una brutal agresión en La Línea: «Puta travesti, te voy a matar, guarra»

ATA - Sylvia Rivera • 11 de octubre de 2021

La joven de 23 años, relata su versión de los hechos que ocurrieron la madrugada del viernes al sábado en el centro de La Línea. "Ya me violaron en 2017, me callé, me volvieron a agredir en 2019 y denuncié. Ahora lo volveré a hacer", nos cuenta.

Faltaban pocos minutos para las cuatro de la madrugada del viernes 8 al sábado 9 de octubre. Y de nuevo, una historia deplorable. La joven de 23 años relata lo sucedido a Área mientras no puede evitar acordarse de un episodio aún más trágico si cabe que sufrió el pasado 2017. Una violación que «tardé años en decir», según nos cuenta. «En 2019 tuve otra agresión y esa sí que la denuncié , acabé en el hospital «.

Esta vez, los hechos no dejan tal final pero asegura que es un «cúmulo de traumas que arrastra» y que le ha tenido de visitas al psicólogo hasta hoy. «Salía de presentar un evento de copla y me dirigía a dar una vuelta al centro, a los pubs, como de costumbre. Conozco a mucha gente y suelo ir sola. Al salir de los pubs, notaba como alguien me perseguía y me observaba . Empecé a correr hasta llegar a la ‘Plaza del Camarón’ cuando un hombre empezó a forcejear conmigo y a insultarme». El lugar, poco frecuentado a esas horas de la noche y en muchos momentos del día, se encontraba solitario. «Me cogió de las muñecas , de los brazos y me hacía daño mientras me insultaba : Travesti, tú no tienes coño, te voy a matar, guarra». Las fotografías , que se hizo en un portal tras la agresión, muestran la brutal paliza . «Tengo heridas por todo el cuerpo como se ve en las fotos. Él salió corriendo , yo conseguí levantarme y totalmente desorientada me dirigí al centro.» Indica que intentó contactar «con una amiga o con mi madre, no recuerdo bien, pero me quedé sin batería».

La joven nos cuenta (tomando como referencia varios establecimientos reconocidos de la ciudad) que tomó la calle Salvador Dalí y luego Duque de Tetuán , donde se encontró con un conocido y fue rápidamente atendida por una auxiliar de enfermería que se encontraba en un conocido pub del lugar y que curó sus heridas y la llevó a casa. «Por el camino también me encontré con un grupo de chicos que me vieron, pero no me ayudaron «, relata.

«Mi historial es que no veas cómo es», apunta esta chica dejando entrever la dureza de ser una persona trans hoy día. Ahora trata de recuperarse y asegura que denunciará como ya lo hizo en episodios anteriores mientras trata de recordar más detalles.

Podríamos estar ante una agresión tránsfoba que vendría a confirmar un nuevo caso de una lacra que continúa viviendo nuestro país en pleno siglo XXI. Mientras tanto, aquí queda el relato de quien sí podemos asegurar, tiene miedo a volver a salir a la calle.

Rubén García Perea

https://www.diarioarea.com

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Barcelona, octubre de 1991. España todavía está entrando en los años 90, a unos meses de los Juegos Olímpicos. La ciudad intenta proyectar modernidad, apertura, libertad. Pero, en una glorieta del parque de la Ciutadella, un grupo de jóvenes neonazis encuentra a varias personas sin hogar descansando bajo unas mantas. Entre ellas hay una mujer trans de 45 años, Sonia Rescalvo. Pocos minutos después sería asesinada a golpes, patadas y barras metálicas, y otras dos personas resultarían gravemente heridas con secuelas permanentes. Y aunque entonces casi nadie lo sabía, aquel crimen iba a cambiar para siempre la manera en que la justicia española entendería los delitos de odio. ¿Quién era Sonia? Sonia Rescalvo nació en Cuenca en 1965. Y como muchísimas personas trans de su generación, tuvo que marcharse de su entorno para poder vivir su identidad. En la actualidad, usamos una palabra muy potente para eso: sexilio. Y Barcelona en aquella época, con todas sus contradicciones, era uno de los pocos lugares donde una persona trans podía intentar construir una vida con algo más de libertad. Sonia trabajó como vedette durante un tiempo, pero la realidad terminó golpeándola muy duro entre adicciones, prostitución y pobreza extrema. Una vulnerabilidad que la convertiría en un claro objetivo. La noche de los hechos El 5 de octubre de 1991, un grupo de jóvenes skinheads pasaba la noche por distintos bares de Barcelona, y sobre las tres y media de la madrugada entraron en el parque de la Ciutadella. Allí llegan a una glorieta donde duermen varias personas sin hogar tapadas con mantas y empiezan a hacer ruido. Sonia y otra persona les dicen algo muy sencillo: que los dejen dormir. En ese momento, se desencadena lo peor. Los agresores se dan cuenta de que quienes están allí son homosexuales y personas trans, y uno de ellos utiliza la expresión “subir a tocar el tambor”, que en su argot significaba golpear brutalmente la cabeza de alguien en manada. Los agresores comenzaron a patear sus cabezas y tórax, hasta que Sonia perdió el conocimiento. Seguidamente, uno de los neonazis comprobó si alguna de las víctimas seguía respirando, para acto seguido acabar con su vida. Un antes y un después en la justicia española El caso Sonia obligó a la justicia española a hacerse una pregunta distinta. Hasta entonces muchas investigaciones se centraban exclusivamente en: quién golpeó, quién mató o quién llevaba el arma. Pero este crimen obligó a preguntarse algo mucho más profundo: ¿por qué eligieron precisamente a esa víctima? Porque ella no fue asesinada al azar. Era una mujer trans, era pobre y dormía en la calle. En definitiva, era vulnerable. La agresión no solo buscaba matarla sino mandar un mensaje de exclusión y de odio a todo un colectivo. Los errores en la construcción del caso El problema estructural en este caso radica en que no se contemplara el motivo discriminatorio en el actuar criminal. Muchas veces, el problema aparece al principio, en cómo se mira el crimen. Con Sonia ocurrió algo peligrosísimo: se empezó investigar como una agresión salvaje de jóvenes violentos, pero no con toda la intensidad necesaria como una posible agresión selectiva contra personas vulnerables. Afortunadamente, el Mosso d’Esquadra Joan Carles Molinero Juncà, se hizo cargo de esa investigación y la impulsó de forma moderna y profesional, pero voluntarista. Y eso condiciona todo. Porque, si desde el primer momento no incorporas la discriminación como hipótesis, el odio puede desaparecer del procedimiento aunque sea el núcleo del crimen. La importancia del fiscal especialista en delitos de odio Hay quien piensa que un fiscal solo aparece en el juicio. Y no. Hay fiscales revisando denuncias, monitorizando procedimientos, intentando detectar motivaciones discriminatorias que a veces ni siquiera aparecen claramente descritas en el atestado inicial por razones ajenas a los policías. Esta labor exige formación, sensibilidad y muchísimo compromiso humano. Y a pesar del esfuerzo, su ánimo no decae. Saben que detrás de cada denuncia hay una persona que muchas veces llega rota, con miedo, con vergüenza o con sensación de que nadie le va a creer. Y ahí, el papel del fiscal es estrictamente necesario. La realidad de las mujeres trans en la actualidad En unas jornadas recientes en la Fiscalía, se analizó el asesinato de Sonia, con la oportunidad de conversar y aprender de Sofía, Judith y Marina, mujeres trans con increíbles reflexiones e historias a sus espaldas. No hablaron desde el resentimiento, pero también desde la dignidad, reivindicando algo tan simple como su derecho a existir, a vivir tranquilas y a no tener miedo. Un testimonio que recuerda que la discriminación y la transfobia no conceptos abstractos. Detrás de ellas hay seres humanos, y la dignidad humana, no se debate. ¿Acabarán algún día este tipo de crímenes? El fiscal asegura que el problema no ha desaparecido, sino que ha cambiado de forma. A día de hoy tenemos mejores leyes y mayor formación, pero siguen existiendo discursos de deshumanización que se amparan en era de la desinformación. Hay que recalcar dos ideas fundamentales: 1. Los delitos de odio no castigan ideas, castigan conductas que lesionan derechos fundamentales en un contexto discriminatorio. 2. Los discursos de odio sí son peligrosos por sí mismos, porque reducen las barreras frente a la violencia. Cuando conviertes constantemente a un colectivo en amenaza, acabas facilitando que alguien crea legítimo atacarlo. Y por eso recordar a Sonia no es mirar al pasado. Es preguntarnos qué sociedad queremos ser, si una sociedad donde determinadas personas tengan miedo de existir, o una capaz de proteger la dignidad de todos. Martín reafirma que la dignidad humana no puede depender ni de la identidad, ni de la orientación sexual, ni del aspecto físico, ni de la pobreza, ni de la vulnerabilidad. Porque, es para todos, o al final no será para nadie. https://cadenaser.com