Trans Por J. Teresa de Ruz Massanet (Trabajadora Social)
ATA-Sylvia Rivera • 30 de octubre de 2023

Este octubre que acaba, también conocido como octubre trans
y en clara reivindicación a su despatologización, es un mes de transición al frío, cuyo deseado clima se viene resistiendo desde hace semanas por un inusual calor que nos abotarga. El mismo cuyo efecto inflamatorio parece que obturara la amplitud de miras, la comprensión y el máximo y profundo respeto a la diversidad. Sin embargo, este paralelismo con el calor no alcanza a describir la realidad anual de muchas personas trans, independientemente del momento del año y sus circunstancias climatológicas.
Nuestra realidad identitaria coincidente con el mismo género asignado al nacer, es la que nos describe a una gran mayoría. No obstante, existen «otras nuestras»
realidades. La otredad también permite dar sentido a que exista un variado «algo mayoritario»
y la diversidad es ese lugar, ese océano, donde confluimos todas y todos.
Mientras somos, hay personas que transicionan a otro género de manera inequívoca y clara. Las llamadas personas trans, antes, durante y después de su transición pueden atravesar por vicisitudes de distinta índole, ya no sólo en su ámbito más íntimo y personal, sino en lo familiar, en muchos casos, en lo laboral, lo social o la salud. Mucho se habla de lo trans pero poco se sabe o se conoce de sus realidades y vidas. El temor al rechazo, a la ofensa o a estar en el punto de mira y ser objeto de comentarios, genera en muchas ocasiones el deseo de pasar desapercibido, sin hacer ruido, y sólo vemos o sabemos algo de aquellas personas que más se exponen
porque han decidido que sea así.
Muchos opinamos sentando cátedra desde nuestra ignorancia al respecto, con valoraciones cargadas de prejuicios y apriorismos, sin ser en absoluto conscientes del daño que produce, en definitiva, la no aceptación o peor aún, el patente rechazo. Este hecho puede desembocar en experiencias e historias de vida marcadas y duras. Hablamos de algo sagrado, estructural y profundo en la persona, que es la propia identidad de género. Algo que los «afortunados y afortunadas»
cisgénero o cis (personas cuya identidad de género y sexo asignado al nacer son coincidentes) no alcanzamos a cuestionarnos porque ya estamos per se donde se supone que tenemos que estar. Por ello, no somos conscientes de que exista una necesidad en torno a algo que ya es o está integrado en nuestra propia definición y sin que nos hayamos percatado.
Cuestionar otras identidades, cuya apariencia física o la misma expresión de género pueden resultar un auténtico desafío para los estereotipos más convencionales, es algo más que injusto. La extrañeza que produce lo que puede aparentar como diferente, a veces asusta. Desde una cómoda supremacía cis-heterosexual, en la que una mayoría nos encontramos, parece como si les tuviéramos que dar el permiso para que sean como se identifican. Como si estuvieran obligados a convencer, son escuchados por algunas masas que se aferran a las posibles brechas de sus discursos que a la vez representan la diversidad de sus voces y cuerpos, y así, algunos de esa mayoría, creen constatar de manera errónea ambigüedades de las realidades trans, como si entre los cis no hubiera variedad e incoherencias en nuestros posicionamientos.
Y mientras acaba este mes, así llega noviembre (con su día 25), otro mes de denuncia y lucha.
FUENTE: https://www.diariodemallorca.es/opinion/2023/10/30/trans-93971868.html













