¿Qué es el Deadnaming? Y por qué llamar a una persona trans por su nombre adquirido juega un rol clave en su salud mental

ATA - Sylvia Rivera • 11 de febrero de 2022
Según un estudio publicado por un equipo de investigación de la Universidad de Texas, para los jóvenes trans ser llamados por su nombre elegido -en lugar del nombre muerto o el que les dieron al nacer- los hace 65% menos propensos a intentar suicidarse, tienen 71% menos de síntomas de depresión grave y un 34% menos de pensamientos suicidas.

Pese a lo mucho que ha avanzado la sociedad en torno a temáticas relacionadas a la comunidad LGBT+, en muchas ocasiones, dentro de la esfera pública es posible atestiguar situaciones de discriminación en contra de las disidencias sexuales y de género, una de estas formas y una de las más comunes es el deadnaming, que traducido al español significa nombre muerto.

Este término corresponde al acto de llamar a una persona trans o no binaria por su nombre de nacimiento o hacer uso de su nombre pasado sin su consentimiento, ignorando el nombre que dicha persona escogió tras comenzar su transición como una manera de no reconocer e invisibilizar su identidad.

En algunos casos es posible ver el uso del deadnaming como una forma atacar o presionar a la persona trans por medio del uso de su nombre muerto. Un ejemplo de ello son las numerosas veces en que la actriz chilena Daniela Vega fue llamada por su deadnaming.

De acuerdo con el coordinador ejecutivo de la Asociación Organizando Trans Diversidades (OTD), Michelle Riquelme, quien en conversación con El Mostrador Braga explica las consecuencias de su uso, señala que “el reconocimiento del nombre es primordial porque es parte de lo que te individualiza, lo que es fundamental para la identidad y marca un antes y un después en la transición”.


Sumado a ello explica que para muchas personas trans, aunque no todas, someterse a un cambio de nombre puede ser un paso positivo en su transición. Puede ayudar a una persona trans y a las personas en sus vidas a comenzar a verlos como  se sienten identificados. Proceso que va de la mano a aliviar la incomodidad que puede estar asociada con el nombre anterior.


La salud mental de jóvenes trans y el deadnaming


Un estudio de los Estados Unidos cuantificó cual es el verdadero impacto que tiene el respeto por los nombres por los cuales se identifican los jóvenes trans, la investigación desarrollada por un equipo de la Universidad de Texas descubrió que ser llamados por su nombre elegido -en lugar de el nombre que les dieron al nacer- los hace 65% menos propensos a intentar suicidarse.


El texto fue publicado el año 2018 en el Journal of Adolescent Health, el cual hizo un seguimiento a 129 jóvenes trans con motivo del Día de la Visibilidad Trans que cae el 31 de marzo, además reveló que aquellos que podían usar sus nombres elegidos y eran llamados de esa manera por otras personas experimentaron un 71% menos de síntomas de depresión grave y un 34% menos de pensamientos suicidas en comparación con aquellos que eran llamados por sus nombres muertos.


El autor de la investigación, Stephen T. Russell, líder del departamento de Desarrollo Humano y Ciencias Familiares de la Universidad de Austin en Texas, quien ha estado investigando a la población LGBTIQ+ durante 20 años, asegura que se sorprendió con los resultados, “lo claro que era ese vínculo entre autoestima y el nombre escogido por las personas trans. Luchar con la salud mental es común para los jóvenes trans, que a menudo son juzgados, abusados y son víctimas de bullying”.


De acuerdo con Riquelme, el uso del deadnaming “afecta principalmente a esas personas trans que está recién comenzando el tránsito, porque es super difícil hacer valer tu identidad en una sociedad que no te entiende, que te ve como un bicho raro o que minimiza la importancia del reconocimiento de tu identidad”, porque finalmente el respeto de este nombre juega un rol clave en la salud mental de la persona trans.

La lucha de la comunidad científica contra el deadnaming


Si bien en Chile existe una legislación que permite a las personas poder cambiar su nombre de forma legal y sexo para poder ser reconocidos con aquel con el que se sientan más identificados, aún existen diversas problemáticas en torno a las identidades trans en el ámbito profesional, ya que aún existen muchas luchas para terminar con el deadnaming sin tener que dar explicaciones o exponerse como persona trans.


Un ejemplo es el desafío de la comunidad de investigadores trans, quienes actualmente se encuentran en una encrucijada entre perder su registro de publicación y ser expuestos a tener que explicar su identidad sexual.

Esto se debe a que es común para un investigador hacer una lista o hablar sobre publicaciones pasadas para acceder a nuevos empleos o para mostrar su experiencia en sus propios currículum. Sin embargo esto ha sido una verdadera lucha para la comunidad de investigadores trans, quienecompartieron que se han visto obligados a tener conversaciones sobre su identidad sexual y explicar su desconexión con su nombre muerto. Ya que a falta de una política o sistema que respalde sus derechos como minorías, aún no se les permite corregir sus nombre muerto en investigaciones anteriores sin tener que exponerse a un proceso revictimizante, lo que los está excluyendo de su propia autoría intelectual.


“Me gustaría asociar mis artículos publicados bajo el “nombre muerto”, pero me gustaría que pasara con el mayor sigilo posible. Sería importante para mí tener estos artículos en mi registro, ya que retrasaron mi registro editorial a los 5 años. Sin embargo, la mayoría de las veces, evitando el riesgo de ser descubierto, no los uso en mi CV. Por temor a la divulgación pública, no me comuniqué con la revista”, asegura un testimonio anónimo de un microbiólogo estadounidense trans.


De acuerdo con el miembro de OTD, el deadnaming también supone un riesgo, ya que el conflicto de llamarle a alguien por su nombre muerto en un espacio público o en contextos laborales puede exponer a la persona a problemas para su seguridad “ya sea en términos de salud mental o de su seguridad física porque por ejemplo si a ti te llaman por tu nombre anterior en contexto social en el trabajo o grupo de conocidos donde no saben que eres trans y te sacan del closet puede que esas personas sean de una tendencia política extremista o fundamentalista, cae el riesgo de que te despidan, te peguen, te agredan o te escupan, finalmente te pueden hacer cualquier cosa”.


Por ejemplo, “en mi experiencia laboral hubo trabajos en los cuales no podía decir que era trans, ya que estuve trabajando como guardia de seguridad y tenía un compañero que abiertamente decía que era neonazi e iba a bellavista a pegarle a los maricones. Entonces frente a ese tipo de gente, obviamente, no podía decir que era trans. Entonces está ese tipo de situaciones en contextos ultraviolentos contra las disidencias sexuales y de género donde tener que ocultar tu identidad u orientación es una práctica que te pone a salvo”, agregó Michelle Riquelme de OTD.


Por lo que el uso del nombre muerto también puede suponer un peligro inminente para aquellos que viven su identidad de género de forma privada en diversos ámbitos, no solo el laboral.


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Barcelona, octubre de 1991. España todavía está entrando en los años 90, a unos meses de los Juegos Olímpicos. La ciudad intenta proyectar modernidad, apertura, libertad. Pero, en una glorieta del parque de la Ciutadella, un grupo de jóvenes neonazis encuentra a varias personas sin hogar descansando bajo unas mantas. Entre ellas hay una mujer trans de 45 años, Sonia Rescalvo. Pocos minutos después sería asesinada a golpes, patadas y barras metálicas, y otras dos personas resultarían gravemente heridas con secuelas permanentes. Y aunque entonces casi nadie lo sabía, aquel crimen iba a cambiar para siempre la manera en que la justicia española entendería los delitos de odio. ¿Quién era Sonia? Sonia Rescalvo nació en Cuenca en 1965. Y como muchísimas personas trans de su generación, tuvo que marcharse de su entorno para poder vivir su identidad. En la actualidad, usamos una palabra muy potente para eso: sexilio. Y Barcelona en aquella época, con todas sus contradicciones, era uno de los pocos lugares donde una persona trans podía intentar construir una vida con algo más de libertad. Sonia trabajó como vedette durante un tiempo, pero la realidad terminó golpeándola muy duro entre adicciones, prostitución y pobreza extrema. Una vulnerabilidad que la convertiría en un claro objetivo. La noche de los hechos El 5 de octubre de 1991, un grupo de jóvenes skinheads pasaba la noche por distintos bares de Barcelona, y sobre las tres y media de la madrugada entraron en el parque de la Ciutadella. Allí llegan a una glorieta donde duermen varias personas sin hogar tapadas con mantas y empiezan a hacer ruido. Sonia y otra persona les dicen algo muy sencillo: que los dejen dormir. En ese momento, se desencadena lo peor. Los agresores se dan cuenta de que quienes están allí son homosexuales y personas trans, y uno de ellos utiliza la expresión “subir a tocar el tambor”, que en su argot significaba golpear brutalmente la cabeza de alguien en manada. Los agresores comenzaron a patear sus cabezas y tórax, hasta que Sonia perdió el conocimiento. Seguidamente, uno de los neonazis comprobó si alguna de las víctimas seguía respirando, para acto seguido acabar con su vida. Un antes y un después en la justicia española El caso Sonia obligó a la justicia española a hacerse una pregunta distinta. Hasta entonces muchas investigaciones se centraban exclusivamente en: quién golpeó, quién mató o quién llevaba el arma. Pero este crimen obligó a preguntarse algo mucho más profundo: ¿por qué eligieron precisamente a esa víctima? Porque ella no fue asesinada al azar. Era una mujer trans, era pobre y dormía en la calle. En definitiva, era vulnerable. La agresión no solo buscaba matarla sino mandar un mensaje de exclusión y de odio a todo un colectivo. Los errores en la construcción del caso El problema estructural en este caso radica en que no se contemplara el motivo discriminatorio en el actuar criminal. Muchas veces, el problema aparece al principio, en cómo se mira el crimen. Con Sonia ocurrió algo peligrosísimo: se empezó investigar como una agresión salvaje de jóvenes violentos, pero no con toda la intensidad necesaria como una posible agresión selectiva contra personas vulnerables. Afortunadamente, el Mosso d’Esquadra Joan Carles Molinero Juncà, se hizo cargo de esa investigación y la impulsó de forma moderna y profesional, pero voluntarista. Y eso condiciona todo. Porque, si desde el primer momento no incorporas la discriminación como hipótesis, el odio puede desaparecer del procedimiento aunque sea el núcleo del crimen. La importancia del fiscal especialista en delitos de odio Hay quien piensa que un fiscal solo aparece en el juicio. Y no. Hay fiscales revisando denuncias, monitorizando procedimientos, intentando detectar motivaciones discriminatorias que a veces ni siquiera aparecen claramente descritas en el atestado inicial por razones ajenas a los policías. Esta labor exige formación, sensibilidad y muchísimo compromiso humano. Y a pesar del esfuerzo, su ánimo no decae. Saben que detrás de cada denuncia hay una persona que muchas veces llega rota, con miedo, con vergüenza o con sensación de que nadie le va a creer. Y ahí, el papel del fiscal es estrictamente necesario. La realidad de las mujeres trans en la actualidad En unas jornadas recientes en la Fiscalía, se analizó el asesinato de Sonia, con la oportunidad de conversar y aprender de Sofía, Judith y Marina, mujeres trans con increíbles reflexiones e historias a sus espaldas. No hablaron desde el resentimiento, pero también desde la dignidad, reivindicando algo tan simple como su derecho a existir, a vivir tranquilas y a no tener miedo. Un testimonio que recuerda que la discriminación y la transfobia no conceptos abstractos. Detrás de ellas hay seres humanos, y la dignidad humana, no se debate. ¿Acabarán algún día este tipo de crímenes? El fiscal asegura que el problema no ha desaparecido, sino que ha cambiado de forma. A día de hoy tenemos mejores leyes y mayor formación, pero siguen existiendo discursos de deshumanización que se amparan en era de la desinformación. Hay que recalcar dos ideas fundamentales: 1. Los delitos de odio no castigan ideas, castigan conductas que lesionan derechos fundamentales en un contexto discriminatorio. 2. Los discursos de odio sí son peligrosos por sí mismos, porque reducen las barreras frente a la violencia. Cuando conviertes constantemente a un colectivo en amenaza, acabas facilitando que alguien crea legítimo atacarlo. Y por eso recordar a Sonia no es mirar al pasado. Es preguntarnos qué sociedad queremos ser, si una sociedad donde determinadas personas tengan miedo de existir, o una capaz de proteger la dignidad de todos. Martín reafirma que la dignidad humana no puede depender ni de la identidad, ni de la orientación sexual, ni del aspecto físico, ni de la pobreza, ni de la vulnerabilidad. Porque, es para todos, o al final no será para nadie. https://cadenaser.com