Walkiria Montini: La primera mujer trans que se casó con otra mujer en España

Mar Cambrollé Jurado • 14 de julio de 2025

La boda de la vedette con Mercedes Estrada en 1989 marcó un hito legal que luego fue llevado a las páginas de Interviú

La boda de la vedette con Mercedes Estrada en 1989 marcó un hito legal que luego fue llevado a las páginas de Interviú.

Walkiria Montini hizo historia el 15 de diciembre de 1989 al convertirse en la primera mujer trans que contrajo matrimonio legal con otra mujer en España. Su unión con la artista de cabaret Mercedes Estrada, celebrada en Gijón, fue más que un acto de amor.  Fue una declaración pública de identidad. Un desafío a las leyes vigentes y una provocación a una sociedad que apenas empezaba a debatir los derechos de las personas trans.

Pero ¿quién fue realmente Walkiria Montini? ¿Cómo llegó desde Brasil a convertirse en una figura visible y polémica en la España de los años 80? ¿Qué implicó su matrimonio en un contexto legal aún hostil para las personas trans? ¿Por qué su nombre ha sido, en gran medida, borrado de la memoria colectiva, pese a su relevancia histórica?

De Brasil a los escenarios españoles
Walkiria Montini, nacida en Brasil en el siglo XX, aunque se desconoce la fecha exacta, llegó a España a principios de los años 80, en plena Transición Democrática. Primero se instaló en Madrid, donde comenzó a trabajar en salas de espectáculo nocturno. Allí, actuaba como vedette y cantante de playback, encarnando a divas como Dalida o Vikki Carr.

En poco tiempo se hizo un nombre dentro del circuito de cabaret, caracterizado entonces por su estética transgresora y su función como espacio de expresión para identidades disidentes.

Pero su vida, como la de muchas mujeres trans en esa época, no estuvo exenta de peligros. En una España que carecía de servicios públicos de salud para la afirmación de género, Walkiria fue conocida también por realizar inyecciones de silicona clandestinas.

Esta práctica, frecuente entre las mujeres trans del momento ante la imposibilidad de acceder a cirugías reguladas, representaba un alto riesgo sanitario y reflejaba la absoluta desprotección institucional del colectivo.

Primeros pasos como actriz: teatro, cine y visibilidad trans
En 1984, Walkiria Montini debutó en los escenarios teatrales con Locas de amor, en el Teatro Muñoz Seca. Ese mismo año participó en Escándalo Gay, representada en el Teatro Progreso. Ese mismo año apareció en la película La tercera luna (1984), en un papel menor. Dos años después, en 1986, fue fichada como primera vedette de la Sala Minotauro de Madrid, una de las más reconocidas en el circuito nocturno, donde presentó su espectáculo Lo Prohibido.

Ese mismo año volvió al cine con una breve aparición en Los presuntos (1986). A lo largo de su carrera artística colaboró con otras figuras del transformismo y del espectáculo trans iberoamericano, como la artista argentina Vanessa Nell.

En una España donde aún pesaban los estigmas de la dictadura, la mera existencia pública de Walkiria, visible, femenina, trans y artista, ya era una forma de activismo. Aunque no se identificara explícitamente como militante política, su cuerpo en escena y su vida pública confrontaban las rígidas normas de género del momento.


Entre el “escándalo público” y la deportación

La década de los 80 fue crucial para los derechos del colectivo LGBTIQ+ en España. La homosexualidad había sido despenalizada en 1979, pero otras figuras legales continuaban criminalizando las expresiones de género disidentes. En particular, la ley de escándalo público, heredada del franquismo, fue utilizada hasta 1989 para detener y perseguir a personas LGTBI.


En el caso de las personas trans, las trabas no eran solo sociales, sino también legales y administrativas. Hasta bien entrados los años 90, los tribunales rechazaban modificar el nombre legal de personas trans si existía el riesgo de “confundir” a la administración civil. Por ejemplo, en 1987, el Tribunal Supremo denegó expresamente el cambio de nombre de una mujer trans. Argumentó que ello podría permitirle contraer matrimonio, algo considerado legalmente inaceptable en ese momento. En ese escenario, Walkiria Montini fue objeto de una orden de deportación en 1989, poco antes de su boda, bajo la Ley de Extranjería. Buscó refugio en Gijón.


La boda que conmocionó a España

El 15 de diciembre de 1989, Walkiria Montini se casó civilmente con Mercedes Estrada en Gijón, convirtiéndose en la primera mujer trans en casarse legalmente con otra mujer en España. El acto fue posible gracias a que Walkiria había logrado modificar su documentación oficial, un logro excepcional en aquella época. Se amparó en un vacío legal que aún no contemplaba específicamente los derechos de las personas trans, pero tampoco los prohibía de forma explícita.

La repercusión fue inmediata. El 22 de diciembre, la pareja apareció en portada de la revista  Interviú, número 711, posando semidesnudas. La imagen fue catalogada como “escandalosa” por sectores conservadores, pero también se convirtió en un símbolo de liberación y transgresión para parte del movimiento LGBTQ+.


Entre el amor, la noche y la exclusión

Walkiria relató en entrevistas posteriores la dureza de la vida nocturna, tanto en España como en París, donde llegó a actuar durante un tiempo. Hablaba de un entorno marcado por la droga, la criminalización y el abandono social. “Muchas amigas mías murieron o acabaron presas”, decía, en alusión a los peligros que enfrentaban las mujeres trans.


Walkiria Montini  murió en abril de 2008 en Gijón, a los 52 años. Su fallecimiento pasó prácticamente desapercibido en los medios, y su figura quedó fuera de la mayoría de relatos oficiales sobre los derechos  LGBTQ+ en España.


Sin embargo, su legado permanece en las investigaciones y memorias culturales que han comenzado a recuperar la historia del transformismo y de las personas trans en la España de la Transición. El libro Plumas al viento, por ejemplo, denuncia el olvido sistemático de estas pioneras: “Lo que ocurre siempre en España: se olvida pronto y se reconoce menos”.


Walkiria Montini no fue una mera anécdota mediática. Fue una figura clave en un momento de transformación política y social. Fue actriz, vedette, inmigrante, mujer trans, esposa. Su boda en 1989 abrió una grieta legal y simbólica . Casi dos décadas antes, anticipó los debates sobre la autodeterminación de género y el matrimonio igualitario.


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Barcelona, octubre de 1991. España todavía está entrando en los años 90, a unos meses de los Juegos Olímpicos. La ciudad intenta proyectar modernidad, apertura, libertad. Pero, en una glorieta del parque de la Ciutadella, un grupo de jóvenes neonazis encuentra a varias personas sin hogar descansando bajo unas mantas. Entre ellas hay una mujer trans de 45 años, Sonia Rescalvo. Pocos minutos después sería asesinada a golpes, patadas y barras metálicas, y otras dos personas resultarían gravemente heridas con secuelas permanentes. Y aunque entonces casi nadie lo sabía, aquel crimen iba a cambiar para siempre la manera en que la justicia española entendería los delitos de odio. ¿Quién era Sonia? Sonia Rescalvo nació en Cuenca en 1965. Y como muchísimas personas trans de su generación, tuvo que marcharse de su entorno para poder vivir su identidad. En la actualidad, usamos una palabra muy potente para eso: sexilio. Y Barcelona en aquella época, con todas sus contradicciones, era uno de los pocos lugares donde una persona trans podía intentar construir una vida con algo más de libertad. Sonia trabajó como vedette durante un tiempo, pero la realidad terminó golpeándola muy duro entre adicciones, prostitución y pobreza extrema. Una vulnerabilidad que la convertiría en un claro objetivo. La noche de los hechos El 5 de octubre de 1991, un grupo de jóvenes skinheads pasaba la noche por distintos bares de Barcelona, y sobre las tres y media de la madrugada entraron en el parque de la Ciutadella. Allí llegan a una glorieta donde duermen varias personas sin hogar tapadas con mantas y empiezan a hacer ruido. Sonia y otra persona les dicen algo muy sencillo: que los dejen dormir. En ese momento, se desencadena lo peor. Los agresores se dan cuenta de que quienes están allí son homosexuales y personas trans, y uno de ellos utiliza la expresión “subir a tocar el tambor”, que en su argot significaba golpear brutalmente la cabeza de alguien en manada. Los agresores comenzaron a patear sus cabezas y tórax, hasta que Sonia perdió el conocimiento. Seguidamente, uno de los neonazis comprobó si alguna de las víctimas seguía respirando, para acto seguido acabar con su vida. Un antes y un después en la justicia española El caso Sonia obligó a la justicia española a hacerse una pregunta distinta. Hasta entonces muchas investigaciones se centraban exclusivamente en: quién golpeó, quién mató o quién llevaba el arma. Pero este crimen obligó a preguntarse algo mucho más profundo: ¿por qué eligieron precisamente a esa víctima? Porque ella no fue asesinada al azar. Era una mujer trans, era pobre y dormía en la calle. En definitiva, era vulnerable. La agresión no solo buscaba matarla sino mandar un mensaje de exclusión y de odio a todo un colectivo. Los errores en la construcción del caso El problema estructural en este caso radica en que no se contemplara el motivo discriminatorio en el actuar criminal. Muchas veces, el problema aparece al principio, en cómo se mira el crimen. Con Sonia ocurrió algo peligrosísimo: se empezó investigar como una agresión salvaje de jóvenes violentos, pero no con toda la intensidad necesaria como una posible agresión selectiva contra personas vulnerables. Afortunadamente, el Mosso d’Esquadra Joan Carles Molinero Juncà, se hizo cargo de esa investigación y la impulsó de forma moderna y profesional, pero voluntarista. Y eso condiciona todo. Porque, si desde el primer momento no incorporas la discriminación como hipótesis, el odio puede desaparecer del procedimiento aunque sea el núcleo del crimen. La importancia del fiscal especialista en delitos de odio Hay quien piensa que un fiscal solo aparece en el juicio. Y no. Hay fiscales revisando denuncias, monitorizando procedimientos, intentando detectar motivaciones discriminatorias que a veces ni siquiera aparecen claramente descritas en el atestado inicial por razones ajenas a los policías. Esta labor exige formación, sensibilidad y muchísimo compromiso humano. Y a pesar del esfuerzo, su ánimo no decae. Saben que detrás de cada denuncia hay una persona que muchas veces llega rota, con miedo, con vergüenza o con sensación de que nadie le va a creer. Y ahí, el papel del fiscal es estrictamente necesario. La realidad de las mujeres trans en la actualidad En unas jornadas recientes en la Fiscalía, se analizó el asesinato de Sonia, con la oportunidad de conversar y aprender de Sofía, Judith y Marina, mujeres trans con increíbles reflexiones e historias a sus espaldas. No hablaron desde el resentimiento, pero también desde la dignidad, reivindicando algo tan simple como su derecho a existir, a vivir tranquilas y a no tener miedo. Un testimonio que recuerda que la discriminación y la transfobia no conceptos abstractos. Detrás de ellas hay seres humanos, y la dignidad humana, no se debate. ¿Acabarán algún día este tipo de crímenes? El fiscal asegura que el problema no ha desaparecido, sino que ha cambiado de forma. A día de hoy tenemos mejores leyes y mayor formación, pero siguen existiendo discursos de deshumanización que se amparan en era de la desinformación. Hay que recalcar dos ideas fundamentales: 1. Los delitos de odio no castigan ideas, castigan conductas que lesionan derechos fundamentales en un contexto discriminatorio. 2. Los discursos de odio sí son peligrosos por sí mismos, porque reducen las barreras frente a la violencia. Cuando conviertes constantemente a un colectivo en amenaza, acabas facilitando que alguien crea legítimo atacarlo. Y por eso recordar a Sonia no es mirar al pasado. Es preguntarnos qué sociedad queremos ser, si una sociedad donde determinadas personas tengan miedo de existir, o una capaz de proteger la dignidad de todos. Martín reafirma que la dignidad humana no puede depender ni de la identidad, ni de la orientación sexual, ni del aspecto físico, ni de la pobreza, ni de la vulnerabilidad. Porque, es para todos, o al final no será para nadie. https://cadenaser.com