Las personas trans que llegaron a la tercera edad: “Somos sobrevivientes de la violencia”

ATA - Sylvia Rivera • 11 de julio de 2025

Yolanda Torres, bogotana de 61 años, está impulsando la creación de un colectivo de personas trans adultas mayores, cuando la esperanza de vida de esta población se estima es de 35 años

Con la fuerza de una quinceañera y la experticia de una veterana, Yolanda Torres (Bogotá, 61 años) toca el tambor. Nadie adivina a ciencia cierta su edad, a ella tampoco le gusta revelarlo, solo atina a señalar que ya pasó los sesenta, cuando en Colombia se considera que arranca la tercera edad, pero que se sabe mantener. Luego sonríe y sigue ensayando con su grupo musical: La Ceiba. Ella con orgullo se enuncia como una trans adulta mayor. No le faltan razones: que una mujer con su identidad superé los 35 años ya es inusual. Esa es la esperanza de vida de la población trans, de acuerdo a quienes siguen con detalle la discriminación y violencia que ataca a este segmento de la población en Colombia.

Dentro del colectivo, a las personas trans femeninas en su vejez se les llama madres. No son muchas. Por el contrario, son una excepción y encarnan el ejemplo de máxima resistencia en una sociedad que, solo en 2024, registró 34 transfeminicidios y que en lo corrido de este año ya suman 12. Dos hombres trans también han sido asesinados este año. En Colombia las personas con experiencia de vida trans se enfrentan a otros obstáculos, además de la violencia: pobreza extrema, déficit en el acceso a derechos básicos como salud, vivienda y pensión, entre otros. Y, en palabras de Caribe Afirmativo, organización que protege a la población diversa, en el Gobierno “ni siquiera existe un estudio nacional que dé cuenta de sus condiciones de vida y que, a partir de ahí, se diseñen estrategias para abordar las múltiples opresiones y situaciones de vulnerabilidad que enfrentan”.

Yolanda está impulsando la creación de un colectivo de personas trans adultas mayores. Ha buscado aquí y allá para que tanto hombres como mujeres trans se unan, se apoyen y puedan exigirle al Gobierno garantías para su vejez. O al menos tres pilares para hacerlo en dignidad: vivienda, acceso a salud y trabajo. “Mi sueño es que quizá crezca tanto que pueda convertirse en fundación y hacer incidencia ante el gobierno”, cuenta ilusionada. Con la misma intención este sábado varias organizaciones sociales se unieron para conmemorar la vejez trans por medio de una marcha en el sur de Bogotá. Bajo el lema “La vejez trans es sagrada” diferentes activistas y oenegés quieren reclamar que a esta población se les garanticen sus derechos.

Pregunta. ¿Qué recuerdos tiene sobre las personas trans hace cuarenta o cincuenta años?

Respuesta. Antes era más común que tú ibas por la calle y te agredía un policía sin haber hecho nada, solamente por existir. Los testimonios de las personas adultas con experiencia de vida trans son muy duros. Gran parte de las personas adultas mayores trans en Bogotá, por todas las vulneraciones que han sufrido, están más que todo en el barrio Santa Fe pues es muy difícil que las contraten en algo diferente al trabajo sexual ya con 65, 70, 75 años. Por ejemplo, veía que las personas que eran como yo, eran las que estaban allá en las actividades sexuales pagas. A veces me acercaba a hablar con ellas. Pero afortunadamente no me tocó meterme en esa actividad para sobrevivir porque pude estudiar, tuve ese privilegio. En los ochenta pasaba la policía por la calle dándoles bolillo, y en ocasiones las iban recogiendo y las llevaban al Parque Nacional en la parte de arriba donde las torturaban con chorros de agua. A veces el maltrato era tanto que ellas se cortaban las venas para que no se las llevara la Policía.

P. ¿Solo sufrían la violencia policial?

R. No. La violencia no solamente ha venido de la policía, sino también por parte de una sociedad que pensaba que estábamos cometiendo el pecado más grande. La misma sociedad nos rechazó, se burló.


P. ¿Qué ha cambiado en los últimos treinta años?

R. Si bien en algunos lugares aún pasa, las cosas sí han ido cambiando muchísimo. Algunas pertenecemos a una generación que con mucho esfuerzo logró culminar sus estudios, y poco a poco vamos teniendo más ejemplos, por ejemplo Brigitte Baptiste, rectora en la Universidad EAN, o Charlotte Callejas, viceministra. Las mismas personas que vivieron los años más difíciles, nos hemos dedicado a luchar por nuestros derechos. Yo tengo una hija trans de 20 años y son totalmente diferentes a nosotras. Pueden disfrutar de más derechos. Por ejemplo, es más fácil que ahora puedan acceder pronto a bloqueadores hormonales. Antes a la mayoría les tocaba esconderse, ser como una especie de transformista. Antes los únicos lugares para reunirse eran los inquilinatos donde las trabajadores sexuales alquilaban habitaciones, o las peluquerías. Era una sociedad muy diferente y es importante señalar que las nuevas generaciones – no solo las que tienen experiencia de vida trans — son más tolerantes.


P. Para esa época era aún más difícil conocer personas trans, ¿Cómo fue hacer comunidad?

R. Yo pensaba que eran unas valientes capaces de maquillarse, de vestirse como chicas, de transformarse. A otras, nos tocaba escondernos. Entonces, iba y hablaba con ellas y… en el fondo sabía que yo también era una de ellas. También conocí ya más adultas en mi trabajo como activista a personas de 70, 80 años que por fuera se veían muy señores, con barba y pelo en el pecho, pero cuando les preguntaba su nombre me decían su nombre identitario femenino. Así que es clave resaltar que no solo es algo de la apariencia física, sino es algo que se lleva por dentro.


P. ¿Cómo fue la decisión de transicionar en una sociedad tan discriminatoria?

R. Es todo un proceso. Primero, eres como una transformista, una persona que lo hace de vez en cuando. Un día dices: mejor me quedo así, ya no me importa lo que la gente piensa. Yo lo viví como a los 22 años. Ahí tienes que renunciar a muchas cosas. Renunciar al trabajo o a la familia. En mi caso yo no tengo contacto con la mía porque creen que soy la oveja negra. O por ejemplo, no te arriendan vivienda. Eso es algo que persiste hoy en día y si eres de la tercera edad ya no te contratan para ciertas cosas. Aunque empleen mujeres trans solo lo hacen con las más jóvenes.



P. Alcanzó una edad a contracorriente. ¿Cómo se siente con ese logro?

R. Me siento orgullosa y feliz. Las personas trans que llegamos a la vejez solemos decir que la logramos. Somos personas libres y pese a las condiciones precarias en las que estamos podemos ser quienes queremos.

P. ¿Qué sigue en su plan de juntar a las personas trans de la tercera edad?

R. Inicialmente quisiéramos enseñarles cosas básicas que muchas desconocen, como qué es una tutela, qué son las políticas públicas, cómo nos benefician o cómo interponer un derecho de petición. Esas cosas que les permitan hacer cumplir sus derechos. Actualmente estoy impulsándolo junto con María Luisa Fuentes, que fue conocida por la película de su vida “Señorita María, la falda de la montaña”, y nos ha apoyado en esa idea, Brigitte Baptiste. No obstante, sigue siendo difícil juntar a las personas trans porque en algunos casos trabajan o trabajaron en actividades sexuales pagas por muchos años, así que viven en la absoluta precariedad y no tienen tiempo o prioridad de atender esto. Muchas tuvieron que vivir las drogas, la prostitución y los maltratos. Cambiar eso es lo que me motiva. Que podamos incidir en políticas públicas y otros escenarios en los que ellas puedan tener acceso a una casa, un trabajo o al menos un médico. También tenemos las esperanzas puestas en la aprobación de la Ley Integral Trans que cambiaría totalmente las cosas para nosotras que somos sobrevivientes a la violencia.


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Barcelona, octubre de 1991. España todavía está entrando en los años 90, a unos meses de los Juegos Olímpicos. La ciudad intenta proyectar modernidad, apertura, libertad. Pero, en una glorieta del parque de la Ciutadella, un grupo de jóvenes neonazis encuentra a varias personas sin hogar descansando bajo unas mantas. Entre ellas hay una mujer trans de 45 años, Sonia Rescalvo. Pocos minutos después sería asesinada a golpes, patadas y barras metálicas, y otras dos personas resultarían gravemente heridas con secuelas permanentes. Y aunque entonces casi nadie lo sabía, aquel crimen iba a cambiar para siempre la manera en que la justicia española entendería los delitos de odio. ¿Quién era Sonia? Sonia Rescalvo nació en Cuenca en 1965. Y como muchísimas personas trans de su generación, tuvo que marcharse de su entorno para poder vivir su identidad. En la actualidad, usamos una palabra muy potente para eso: sexilio. Y Barcelona en aquella época, con todas sus contradicciones, era uno de los pocos lugares donde una persona trans podía intentar construir una vida con algo más de libertad. Sonia trabajó como vedette durante un tiempo, pero la realidad terminó golpeándola muy duro entre adicciones, prostitución y pobreza extrema. Una vulnerabilidad que la convertiría en un claro objetivo. La noche de los hechos El 5 de octubre de 1991, un grupo de jóvenes skinheads pasaba la noche por distintos bares de Barcelona, y sobre las tres y media de la madrugada entraron en el parque de la Ciutadella. Allí llegan a una glorieta donde duermen varias personas sin hogar tapadas con mantas y empiezan a hacer ruido. Sonia y otra persona les dicen algo muy sencillo: que los dejen dormir. En ese momento, se desencadena lo peor. Los agresores se dan cuenta de que quienes están allí son homosexuales y personas trans, y uno de ellos utiliza la expresión “subir a tocar el tambor”, que en su argot significaba golpear brutalmente la cabeza de alguien en manada. Los agresores comenzaron a patear sus cabezas y tórax, hasta que Sonia perdió el conocimiento. Seguidamente, uno de los neonazis comprobó si alguna de las víctimas seguía respirando, para acto seguido acabar con su vida. Un antes y un después en la justicia española El caso Sonia obligó a la justicia española a hacerse una pregunta distinta. Hasta entonces muchas investigaciones se centraban exclusivamente en: quién golpeó, quién mató o quién llevaba el arma. Pero este crimen obligó a preguntarse algo mucho más profundo: ¿por qué eligieron precisamente a esa víctima? Porque ella no fue asesinada al azar. Era una mujer trans, era pobre y dormía en la calle. En definitiva, era vulnerable. La agresión no solo buscaba matarla sino mandar un mensaje de exclusión y de odio a todo un colectivo. Los errores en la construcción del caso El problema estructural en este caso radica en que no se contemplara el motivo discriminatorio en el actuar criminal. Muchas veces, el problema aparece al principio, en cómo se mira el crimen. Con Sonia ocurrió algo peligrosísimo: se empezó investigar como una agresión salvaje de jóvenes violentos, pero no con toda la intensidad necesaria como una posible agresión selectiva contra personas vulnerables. Afortunadamente, el Mosso d’Esquadra Joan Carles Molinero Juncà, se hizo cargo de esa investigación y la impulsó de forma moderna y profesional, pero voluntarista. Y eso condiciona todo. Porque, si desde el primer momento no incorporas la discriminación como hipótesis, el odio puede desaparecer del procedimiento aunque sea el núcleo del crimen. La importancia del fiscal especialista en delitos de odio Hay quien piensa que un fiscal solo aparece en el juicio. Y no. Hay fiscales revisando denuncias, monitorizando procedimientos, intentando detectar motivaciones discriminatorias que a veces ni siquiera aparecen claramente descritas en el atestado inicial por razones ajenas a los policías. Esta labor exige formación, sensibilidad y muchísimo compromiso humano. Y a pesar del esfuerzo, su ánimo no decae. Saben que detrás de cada denuncia hay una persona que muchas veces llega rota, con miedo, con vergüenza o con sensación de que nadie le va a creer. Y ahí, el papel del fiscal es estrictamente necesario. La realidad de las mujeres trans en la actualidad En unas jornadas recientes en la Fiscalía, se analizó el asesinato de Sonia, con la oportunidad de conversar y aprender de Sofía, Judith y Marina, mujeres trans con increíbles reflexiones e historias a sus espaldas. No hablaron desde el resentimiento, pero también desde la dignidad, reivindicando algo tan simple como su derecho a existir, a vivir tranquilas y a no tener miedo. Un testimonio que recuerda que la discriminación y la transfobia no conceptos abstractos. Detrás de ellas hay seres humanos, y la dignidad humana, no se debate. ¿Acabarán algún día este tipo de crímenes? El fiscal asegura que el problema no ha desaparecido, sino que ha cambiado de forma. A día de hoy tenemos mejores leyes y mayor formación, pero siguen existiendo discursos de deshumanización que se amparan en era de la desinformación. Hay que recalcar dos ideas fundamentales: 1. Los delitos de odio no castigan ideas, castigan conductas que lesionan derechos fundamentales en un contexto discriminatorio. 2. Los discursos de odio sí son peligrosos por sí mismos, porque reducen las barreras frente a la violencia. Cuando conviertes constantemente a un colectivo en amenaza, acabas facilitando que alguien crea legítimo atacarlo. Y por eso recordar a Sonia no es mirar al pasado. Es preguntarnos qué sociedad queremos ser, si una sociedad donde determinadas personas tengan miedo de existir, o una capaz de proteger la dignidad de todos. Martín reafirma que la dignidad humana no puede depender ni de la identidad, ni de la orientación sexual, ni del aspecto físico, ni de la pobreza, ni de la vulnerabilidad. Porque, es para todos, o al final no será para nadie. https://cadenaser.com