Georgina, la mujer trans que luchó 45 años para ser reconocida como mujer
ATA - Sylvia Rivera • 20 de enero de 2025
El documental ‘Alma del desierto’ narra la discriminación, la pobreza y el abandono de esta mujer de 72 años en su lucha por ser reconocida y acceder a sus derechos.
Georgina Epiayú busca con sus delgadas y curtidas manos en su bolso de tela. Remueve impacientemente el contenido hasta encontrar y mostrar su DNI —o cédula, como le llama ella— al entrevistador a través de la pantalla del celular. Señala la “F” que aparece debajo de la categoría “sexo” en el documento. Dice que conseguir esa letra en la identificación le costó 45 años de trámites e insistencia. Con unos ínfimos ingresos económicos y una soledad que la hace más vulnerable a su edad, Epiayú, de 72 años, la primera mujer trans wayuu registrada civilmente como mujer, siempre ha priorizado su objetivo de ser reconocida oficialmente como mujer.
“Me mantengo con fuerzas porque necesito trabajar para poder comer y sobrevivir”, expresa Epiayú en una farmacia de Uribia, tierra de la etnia wayuu, y conocida como la capital indígena de Colombia. Este municipio de La Guajira, en la costa norte del país, es la urbe más cercana a su aldea, cuyo nombre pide no mencionar por la transfobia imperante en la región. La botica donde se realiza la entrevista es propiedad de un amigo de Epiayú, quien hace de traductor, porque la entrevistada prefiere hablar en wayuunaiki, a pesar de que también habla español. Mientras que el teléfono para la videollamada lo provee Beto Rosero, productor del documental Alma del desierto (2024), película que registra el viaje de su protagonista para ser reconocida por el sistema como mujer, y que enseña las implicaciones de su asunción como mujer trans: la desaprobación de su comunidad, el abandono de sus hermanos y la consiguiente delicada situación económica.
De acuerdo con su certificado de nacimiento, Epiayú nació el 31 de diciembre de 1952 con el nombre de Jorge y solicitó su cédula como Georgina por primera vez en 1975, a sus 23 años. “Empecé mi transición tarde, pero esto es lo que siempre seré; siempre he sido así”, cuenta en una parte de la película, que se estrena comercialmente el 30 de enero en Brasil y 1 de mayo en Colombia. Realizó más de cinco solicitudes a lo largo de casi cinco décadas, hasta que en 2021 se convirtió en la primera mujer trans wayuu reconocida por la Registraduría Nacional de Colombia. El país avanzó significativamente en el reconocimiento de los derechos de los miembros de la comunidad LGBTI con el Decreto 1227 de 2015, que simplificó el trámite para el cambio de nombre y sexo en los documentos de identidad al eliminar la necesidad de procesos judiciales o diagnósticos médicos.
Precariedad económica
La lucha de esta septuagenaria por obtener una escritura pública no se limita a una causa de dignidad, sino que representa un requisito imprescindible para acceder a sus derechos ciudadanos, entre ellos el seguro médico y el subsidio para alimentos. Este problema atraviesa a muchos wayuu, un pueblo binacional cuyo territorio está entre Colombia y Venezuela, poco familiarizado con la burocracia del Estado y que debe enfrentar la barrera idiomática. “A lo largo de ocho años de grabación, vimos que no tienen documentación, no hablan español y están a merced de algún alma caritativa que les ayude a gestionar o ir a la ciudad y, con un poco de suerte, avanzar en su trámite (...) La comunidad está abandonada porque no pueden expresarse en español y eso hace que estén marginados del sistema”, comenta la directora de Alma del desierto, Mónica Taboada-Tapia.
Taboada-Tapia fue ese “alma caritativa” para Epiayú, no solo por su asesoría legal para conseguir su identificación, sino por el apoyo económico que le presta regularmente. La donación, dice, se destina principalmente a abastecer su tienda en el pueblo, donde vende arroz, azúcar, confites, galletas, manteca, fósforos, maíz, chinchorros —como se les dice coloquialmente a ciertas hamacas en esta zona de Colombia— y mochilas artesanales. “Es de mucha ayuda lo que manda Mónica, con eso puedo subsistir y pagar mis expensas. Antes me tocaba venir a Uribia a planchar y lavar. Las fiestas las pasé bien, pero tengo muchas necesidades”, asegura Epiayú en la entrevista, entre constantes lamentos por su situación económica.
Está vestida con un sombrero para el sol, un vestido, aretes, collares y zapatillas deportivas. Es de respuestas cortas, cerrada a preguntas sensibles, y en un momento de la entrevista decide no responder más. Por ello sorprende cuando en el documental se sincera y dice que “se entregó a un solo hombre”, quien le “construyó una casa, pero después se casó” con otra mujer. Para la directora Taboada-Tapia, Epiayú es fuerte pero tierna: “Es una persona juguetona, le gusta estar haciendo chistes todo el tiempo. Muy pocas personas soportan lo que ha pasado. Su cualidad más importante es su fortaleza admirable. Pasó de ser una víctima a una sobreviviente. Da esperanza a muchas personas”.
La cineasta la conoció en una entrevista televisiva en 2016. Fue tanta su fascinación por su historia que ese mismo año comenzó la producción y rodaron durante una semana. En 2017, grabaron otros siete días, y el resto de los 31 días de rodaje se repartieron entre 2019 y 2022. De ese tiempo de trabajo nació una cercana amistad entre directora y protagonista, con contactos mensuales: “Siempre tenemos una conversación muy fraternal”, asegura la realizadora audiovisual. En total, fueron nueve semanas de filmación cuyo resultado es un acercamiento a una vida solitaria. Ante el rechazo de su entorno y de sus hermanos —”No tenemos hermanas. Lo único que te diré es que somos tres hermanos“, dice uno de ellos en el filme—, Epiayú se tuvo que trasladar de otra ranchería, como le dicen a las aldeas en esa zona de Colombia.
Transfobia en la comunidad
El viaje de un pueblo a otro a través de ese infinito desierto del norte de La Guajira que se pierde en el horizonte es el motor que hace avanzar Alma del desierto. “Hay muchas personas de la comunidad LGBTI en la nación wayuu, pero solo conozco a Georgina entre las personas trans. Sin embargo, la comunidad es algo sexista, las mujeres de la comunidad lo saben: hay machismo. Y los hombres pueden tener todas las mujeres que puedan mantener”, asegura Taboada-Tapia. No obstante, insiste en que no es un problema exclusivo de los wayuu, ni siquiera de Colombia, sino que atraviesa toda Latinoamérica. “Los discursos de multimillonarios y nuevos gobernantes que están ensañados en atacar a la comunidad trans ayudan a la construcción de una transfobia. No entiendo esta ola populista en campaña contra los derechos de estas personas”, lamenta.
Epiayú siente a su comunidad y a ella misma representada por las imágenes que ve en el documental. Dice que le da “nostalgia ver su vida reflejada”. Después de conseguir su cédula como mujer, su siguiente objetivo es animarse a dejar a sus animales en el rancho para estar presente en las proyecciones de la capital en las que se contará su historia.
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Barcelona, octubre de 1991. España todavía está entrando en los años 90, a unos meses de los Juegos Olímpicos. La ciudad intenta proyectar modernidad, apertura, libertad. Pero, en una glorieta del parque de la Ciutadella, un grupo de jóvenes neonazis encuentra a varias personas sin hogar descansando bajo unas mantas. Entre ellas hay una mujer trans de 45 años, Sonia Rescalvo. Pocos minutos después sería asesinada a golpes, patadas y barras metálicas, y otras dos personas resultarían gravemente heridas con secuelas permanentes. Y aunque entonces casi nadie lo sabía, aquel crimen iba a cambiar para siempre la manera en que la justicia española entendería los delitos de odio. ¿Quién era Sonia? Sonia Rescalvo nació en Cuenca en 1965. Y como muchísimas personas trans de su generación, tuvo que marcharse de su entorno para poder vivir su identidad. En la actualidad, usamos una palabra muy potente para eso: sexilio. Y Barcelona en aquella época, con todas sus contradicciones, era uno de los pocos lugares donde una persona trans podía intentar construir una vida con algo más de libertad. Sonia trabajó como vedette durante un tiempo, pero la realidad terminó golpeándola muy duro entre adicciones, prostitución y pobreza extrema. Una vulnerabilidad que la convertiría en un claro objetivo. La noche de los hechos El 5 de octubre de 1991, un grupo de jóvenes skinheads pasaba la noche por distintos bares de Barcelona, y sobre las tres y media de la madrugada entraron en el parque de la Ciutadella. Allí llegan a una glorieta donde duermen varias personas sin hogar tapadas con mantas y empiezan a hacer ruido. Sonia y otra persona les dicen algo muy sencillo: que los dejen dormir. En ese momento, se desencadena lo peor. Los agresores se dan cuenta de que quienes están allí son homosexuales y personas trans, y uno de ellos utiliza la expresión “subir a tocar el tambor”, que en su argot significaba golpear brutalmente la cabeza de alguien en manada. Los agresores comenzaron a patear sus cabezas y tórax, hasta que Sonia perdió el conocimiento. Seguidamente, uno de los neonazis comprobó si alguna de las víctimas seguía respirando, para acto seguido acabar con su vida. Un antes y un después en la justicia española El caso Sonia obligó a la justicia española a hacerse una pregunta distinta. Hasta entonces muchas investigaciones se centraban exclusivamente en: quién golpeó, quién mató o quién llevaba el arma. Pero este crimen obligó a preguntarse algo mucho más profundo: ¿por qué eligieron precisamente a esa víctima? Porque ella no fue asesinada al azar. Era una mujer trans, era pobre y dormía en la calle. En definitiva, era vulnerable. La agresión no solo buscaba matarla sino mandar un mensaje de exclusión y de odio a todo un colectivo. Los errores en la construcción del caso El problema estructural en este caso radica en que no se contemplara el motivo discriminatorio en el actuar criminal. Muchas veces, el problema aparece al principio, en cómo se mira el crimen. Con Sonia ocurrió algo peligrosísimo: se empezó investigar como una agresión salvaje de jóvenes violentos, pero no con toda la intensidad necesaria como una posible agresión selectiva contra personas vulnerables. Afortunadamente, el Mosso d’Esquadra Joan Carles Molinero Juncà, se hizo cargo de esa investigación y la impulsó de forma moderna y profesional, pero voluntarista. Y eso condiciona todo. Porque, si desde el primer momento no incorporas la discriminación como hipótesis, el odio puede desaparecer del procedimiento aunque sea el núcleo del crimen. La importancia del fiscal especialista en delitos de odio Hay quien piensa que un fiscal solo aparece en el juicio. Y no. Hay fiscales revisando denuncias, monitorizando procedimientos, intentando detectar motivaciones discriminatorias que a veces ni siquiera aparecen claramente descritas en el atestado inicial por razones ajenas a los policías. Esta labor exige formación, sensibilidad y muchísimo compromiso humano. Y a pesar del esfuerzo, su ánimo no decae. Saben que detrás de cada denuncia hay una persona que muchas veces llega rota, con miedo, con vergüenza o con sensación de que nadie le va a creer. Y ahí, el papel del fiscal es estrictamente necesario. La realidad de las mujeres trans en la actualidad En unas jornadas recientes en la Fiscalía, se analizó el asesinato de Sonia, con la oportunidad de conversar y aprender de Sofía, Judith y Marina, mujeres trans con increíbles reflexiones e historias a sus espaldas. No hablaron desde el resentimiento, pero también desde la dignidad, reivindicando algo tan simple como su derecho a existir, a vivir tranquilas y a no tener miedo. Un testimonio que recuerda que la discriminación y la transfobia no conceptos abstractos. Detrás de ellas hay seres humanos, y la dignidad humana, no se debate. ¿Acabarán algún día este tipo de crímenes? El fiscal asegura que el problema no ha desaparecido, sino que ha cambiado de forma. A día de hoy tenemos mejores leyes y mayor formación, pero siguen existiendo discursos de deshumanización que se amparan en era de la desinformación. Hay que recalcar dos ideas fundamentales: 1. Los delitos de odio no castigan ideas, castigan conductas que lesionan derechos fundamentales en un contexto discriminatorio. 2. Los discursos de odio sí son peligrosos por sí mismos, porque reducen las barreras frente a la violencia. Cuando conviertes constantemente a un colectivo en amenaza, acabas facilitando que alguien crea legítimo atacarlo. Y por eso recordar a Sonia no es mirar al pasado. Es preguntarnos qué sociedad queremos ser, si una sociedad donde determinadas personas tengan miedo de existir, o una capaz de proteger la dignidad de todos. Martín reafirma que la dignidad humana no puede depender ni de la identidad, ni de la orientación sexual, ni del aspecto físico, ni de la pobreza, ni de la vulnerabilidad. Porque, es para todos, o al final no será para nadie. https://cadenaser.com

María Cortés renovó el DNI en el año 2024 con su nuevo nombre y sexo, pero el Ayuntamiento de Dos Hermanas no remitió la información a la Oficina del Censo Electoral, por lo que su tarjeta no es correcta para las elecciones del domingo en Andalucía. El Consistorio alega que la ciudadana no actualizó el padrón, pero hace un año inició los trámites para modificar esos datos.











