Leo Kenai, en 'Generación selfi': "No es bonito ser invisible como hombre trans"
ATA-Sylvia Rivera • 8 de mayo de 2024
Tan comprometido con su arte como con el activismo LGTBIQ+ y la visibilidad trans masculina, Leo Kenai comparte su historia en primera persona.

El activista y artista Leo Kenai apuesta con su ejemplo por la visibilidad trans masc.
Malagueño afincado actualmente en València, Leo Kenai, de 26 años, está cada día más comprometido con su visibilidad como hombre trans, consciente de lo importante que es para el colectivo trans masc que cada vez existan más referentes.
Nacido en Fuengirola, Leo Kenai comparte aquí en primera persona, con total sinceridad, sus experiencias como persona del colectivo LGTBIQ+. La importancia que para él ha tenido siempre la visibilidad, y también, en su caso, la ausencia de referentes trans masc con que creció, le han llevado a estar cada día más comprometido con el activismo.
Por eso piensa seguir apostando en todo momento por mostrarse tal cual es, y por defender una normalidad que, desgraciadamente, no todas las personas del colectivo LGTBIQ+ pueden disfrutar a día de hoy.
«Tuve una infancia bastante aburrida en un barrio de Fuengirola, lo único que hacía era ir al colegio y nadar. Mi madre es holandesa, algo importante de destacar, porque es de la escuela germánica de la disciplina. Me presionaba para que fuera una nadadora muy femenina, que no ensanchara demasiado.
Pero yo era una niña muy masculina, que siempre se juntaba con los chicos en el colegio para jugar al fútbol en los recreos, y así encajar en el grupo. Fue a los 12 años cuando me di cuenta de que era un poco diferente, no me gustaba mi cuerpo, y además descubrí que me sentía atraída por chicas. Era el bicho raro».
«A los 13 me eché novia, ella era incluso más masculina de aspecto que yo. Mis padres no me dijeron nada, no hubo ningún gran drama. Y en el instituto fui superguerrero; fuimos la primera pareja abiertamente LGTBIQ+ del instituto, e incluso nos agradecieron algunos profesores nuestra visibilidad. Siempre estuve muy orgullosa de ser lesbiana [risas], siento que lo hice muy bien.
Cuando empecé a transicionar fui también la primera persona trans que muchos compañeros conocían. Ahí sí tuve algún problema, como cuando algunos profesores se negaban a usar mi nombre, incluso sufrí un trastorno alimentario. A base de hablar con mi terapeuta, por fin, tras ver en YouTube vídeos de un hombre trans llamado Leo Mulió, que es psicólogo, le dije que lo que él contaba era como yo me sentía. Conocí a una chica trans que estaba en la Fundación Daniela y me ayudó a la hora de hablar el tema con mis padres».
«Cuando empecé a presentarme como Leo, comencé a redireccionar mi vida. Tuve la suerte de tener un círculo de amigos trans en el barrio, y como ellos, me eché novia. Me sentía superapoyado. A mi madre le costó un pelín aceptarlo; mi ‘momento lesbiana’ lo llevó bien, pero ser trans implicaba muchas más cosas. Con mi padre dejé de hablarme durante años; rechazaba la idea de que no fuera su hija.
Cuando acabé el instituto ya estaba en hormonas, y me metí a Historia del Arte. Me entró mucha ansiedad por operarme, lo hablé con mis padres, y lo hice. Perdí muchas clases y decidí pasarme a Bellas Artes. Allí ya fui Leo sin más. Al tiempo, decidí decir delante de todos mis compañeros que era un chico trans. Al principio de mi transición, yo era el primero que no buscaba ser visible (y eso que en mi barrio me movía con otros chicos trans). Quería ser un chico y ya está. Pero llegó un punto en que dije ‘o hablo de esto o voy a explotar’. ¡Porque hay tanto desconocimiento sobre la realidad de los hombres trans!. Por eso, a partir de ahí empecé a orientar mi arte y mi activismo hacia la visibilidad del colectivo trans».
«A mí me costó mucho encontrar referentes. Es que antes, ponías ‘hombre trans’ en Google y apenas te salía nada. Ahora la cosa ha cambiado, pero, igualmente, yo llego a un sitio pregunto si alguien conoce a algún hombre trans que pueda nombrar y lo habitual es que nadie tenga ni idea. No es que yo pretenda convertirme en un referente, pero sí he decido hacer todo lo posible por allanar el camino para otras personas que se encuentran completamente invisibilizadas. Porque, al final, a muchos hombres trans puede darnos miedo hablar por las consecuencias.
Como los hombres trans tenemos mucho cispassing, si no dices nada no tiene por qué saberse. Pero si no nos visibilizamos, nos juega en contra. Porque no es bonito ser invisible. Por eso empecé a ser más activista, colaborando con asociaciones como Apoyo Positivo. Algo que también algo con los fanzines que creo, porque esa información llega también camuflada a través de mi arte, que aun así lo siento como un hobby».
«Ahora estoy estudiando Integración social, por si no tenía bastante con haber hecho Bellas Artes [risas]. He estado como voluntario en asociaciones, pero realmente es a lo que me quiero dedicar, y para eso me faltaba un título, y me puse a ello. Así puedo empezar a combinar el activismo dentro del arte y una parte más técnica.
A nivel personal, he tenido parejas bastante duraderas. El principio de mi transición lo pasé con una chica, con ese primer amor adolescente; en aquel momento era un chico hetero. Es verdad que siento que la testosterona nos vuelve un poco maricones [risas]. Conozco muy pocos hombres trans hetero… Fue explorando muchas cosas con personas que fui conociendo, y cuando empecé a ir regularmente a Madrid se me abrió un mundo muy grande. Aprendí a relacionarme de otras maneras, a descubrir relaciones que no tenían que ser monógamas cerradas supernormativas. Y me di cuenta de que no tenía que ir con un cartel avisando a las personas con las que me iba a liar de que era trans. Eso sí, me he encontrado con más gais falocentristas y chasers de lo que me gustaría admitir…
Tras vivir un tiempo en Madrid, me fui a València, donde vivo ahora. Allí descubrí un círculo LGTBI muy bonito, contenía amigas que me hacen sentir súper bien y respetan el 100% de mi realidad. Y conocí a mi pareja actual, Pam Demia, que además, es una persona no binaria. Llevamos cerca de un año, tenemos mucho en común, y podemos hablar de todo, porque en ocasiones vivimos situaciones parecidas. Yo es que ya no quiero estar con peña cis, porque al final siento siempre una condescendencia por su parte.
Dentro de mi masculinidad, y de ser una persona binaria, he aceptado que no tengo que ser más queer de lo que soy por encajar en ningún sitio. No hay por qué ser la más rara o la supermegadisidente. Si quiero ponerme camisa y corbata para salir a pasear, lo voy a hacer. Y a quien no le guste, que no mire».
FUENTE: https://shangay.com/2024/05/07/leo-kenai-hombre-trans-lgtbi-entrevista/
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Barcelona, octubre de 1991. España todavía está entrando en los años 90, a unos meses de los Juegos Olímpicos. La ciudad intenta proyectar modernidad, apertura, libertad. Pero, en una glorieta del parque de la Ciutadella, un grupo de jóvenes neonazis encuentra a varias personas sin hogar descansando bajo unas mantas. Entre ellas hay una mujer trans de 45 años, Sonia Rescalvo. Pocos minutos después sería asesinada a golpes, patadas y barras metálicas, y otras dos personas resultarían gravemente heridas con secuelas permanentes. Y aunque entonces casi nadie lo sabía, aquel crimen iba a cambiar para siempre la manera en que la justicia española entendería los delitos de odio. ¿Quién era Sonia? Sonia Rescalvo nació en Cuenca en 1965. Y como muchísimas personas trans de su generación, tuvo que marcharse de su entorno para poder vivir su identidad. En la actualidad, usamos una palabra muy potente para eso: sexilio. Y Barcelona en aquella época, con todas sus contradicciones, era uno de los pocos lugares donde una persona trans podía intentar construir una vida con algo más de libertad. Sonia trabajó como vedette durante un tiempo, pero la realidad terminó golpeándola muy duro entre adicciones, prostitución y pobreza extrema. Una vulnerabilidad que la convertiría en un claro objetivo. La noche de los hechos El 5 de octubre de 1991, un grupo de jóvenes skinheads pasaba la noche por distintos bares de Barcelona, y sobre las tres y media de la madrugada entraron en el parque de la Ciutadella. Allí llegan a una glorieta donde duermen varias personas sin hogar tapadas con mantas y empiezan a hacer ruido. Sonia y otra persona les dicen algo muy sencillo: que los dejen dormir. En ese momento, se desencadena lo peor. Los agresores se dan cuenta de que quienes están allí son homosexuales y personas trans, y uno de ellos utiliza la expresión “subir a tocar el tambor”, que en su argot significaba golpear brutalmente la cabeza de alguien en manada. Los agresores comenzaron a patear sus cabezas y tórax, hasta que Sonia perdió el conocimiento. Seguidamente, uno de los neonazis comprobó si alguna de las víctimas seguía respirando, para acto seguido acabar con su vida. Un antes y un después en la justicia española El caso Sonia obligó a la justicia española a hacerse una pregunta distinta. Hasta entonces muchas investigaciones se centraban exclusivamente en: quién golpeó, quién mató o quién llevaba el arma. Pero este crimen obligó a preguntarse algo mucho más profundo: ¿por qué eligieron precisamente a esa víctima? Porque ella no fue asesinada al azar. Era una mujer trans, era pobre y dormía en la calle. En definitiva, era vulnerable. La agresión no solo buscaba matarla sino mandar un mensaje de exclusión y de odio a todo un colectivo. Los errores en la construcción del caso El problema estructural en este caso radica en que no se contemplara el motivo discriminatorio en el actuar criminal. Muchas veces, el problema aparece al principio, en cómo se mira el crimen. Con Sonia ocurrió algo peligrosísimo: se empezó investigar como una agresión salvaje de jóvenes violentos, pero no con toda la intensidad necesaria como una posible agresión selectiva contra personas vulnerables. Afortunadamente, el Mosso d’Esquadra Joan Carles Molinero Juncà, se hizo cargo de esa investigación y la impulsó de forma moderna y profesional, pero voluntarista. Y eso condiciona todo. Porque, si desde el primer momento no incorporas la discriminación como hipótesis, el odio puede desaparecer del procedimiento aunque sea el núcleo del crimen. La importancia del fiscal especialista en delitos de odio Hay quien piensa que un fiscal solo aparece en el juicio. Y no. Hay fiscales revisando denuncias, monitorizando procedimientos, intentando detectar motivaciones discriminatorias que a veces ni siquiera aparecen claramente descritas en el atestado inicial por razones ajenas a los policías. Esta labor exige formación, sensibilidad y muchísimo compromiso humano. Y a pesar del esfuerzo, su ánimo no decae. Saben que detrás de cada denuncia hay una persona que muchas veces llega rota, con miedo, con vergüenza o con sensación de que nadie le va a creer. Y ahí, el papel del fiscal es estrictamente necesario. La realidad de las mujeres trans en la actualidad En unas jornadas recientes en la Fiscalía, se analizó el asesinato de Sonia, con la oportunidad de conversar y aprender de Sofía, Judith y Marina, mujeres trans con increíbles reflexiones e historias a sus espaldas. No hablaron desde el resentimiento, pero también desde la dignidad, reivindicando algo tan simple como su derecho a existir, a vivir tranquilas y a no tener miedo. Un testimonio que recuerda que la discriminación y la transfobia no conceptos abstractos. Detrás de ellas hay seres humanos, y la dignidad humana, no se debate. ¿Acabarán algún día este tipo de crímenes? El fiscal asegura que el problema no ha desaparecido, sino que ha cambiado de forma. A día de hoy tenemos mejores leyes y mayor formación, pero siguen existiendo discursos de deshumanización que se amparan en era de la desinformación. Hay que recalcar dos ideas fundamentales: 1. Los delitos de odio no castigan ideas, castigan conductas que lesionan derechos fundamentales en un contexto discriminatorio. 2. Los discursos de odio sí son peligrosos por sí mismos, porque reducen las barreras frente a la violencia. Cuando conviertes constantemente a un colectivo en amenaza, acabas facilitando que alguien crea legítimo atacarlo. Y por eso recordar a Sonia no es mirar al pasado. Es preguntarnos qué sociedad queremos ser, si una sociedad donde determinadas personas tengan miedo de existir, o una capaz de proteger la dignidad de todos. Martín reafirma que la dignidad humana no puede depender ni de la identidad, ni de la orientación sexual, ni del aspecto físico, ni de la pobreza, ni de la vulnerabilidad. Porque, es para todos, o al final no será para nadie. https://cadenaser.com

María Cortés renovó el DNI en el año 2024 con su nuevo nombre y sexo, pero el Ayuntamiento de Dos Hermanas no remitió la información a la Oficina del Censo Electoral, por lo que su tarjeta no es correcta para las elecciones del domingo en Andalucía. El Consistorio alega que la ciudadana no actualizó el padrón, pero hace un año inició los trámites para modificar esos datos.

Organizaciones piden a la Fiscalía del Edomex aplicar protocolos con perspectiva de género y diversidad sexual. De acuerdo con pronunciamientos difundidos por organizaciones civiles y medios locales, Fanny era maestra de danza, coreógrafa, creadora de contenido en TikTok y una persona muy querida dentro de su comunidad. Tras darse a conocer el caso, colectivos hicieron un llamado urgente a la Fiscalía General de Justicia del Estado de México para que el crimen sea investigado con perspectiva de género y diversidad sexual, evitando cualquier forma de revictimización. Además, solicitaron que se agoten todas las líneas de investigación, incluyendo la posibilidad de feminicidio y crimen de odio. “Las vidas de las mujeres trans importan y casos como éste no pueden permanecer en la impunidad”, expresaron organizaciones en redes sociales. También pidieron a medios de comunicación y autoridades respetar de forma irrestricta la identidad de género de la víctima durante la cobertura y el proceso judicial. En el posicionamiento, activistas recordaron que la violencia transfeminicida sigue siendo una realidad alarmante en México y señalaron que las reformas legales aprobadas recientemente en el Estado de México para tipificar el transfeminicidio deben traducirse en acceso real a la justicia para las víctimas y sus familias. Personas cercanas a Fanny compartieron mensajes de despedida y reconocimiento a su trayectoria como maestra de danza. “Fanny, una de las mejores maestras de danza. Que Papá Dios te tenga en un mejor lugar, te recordamos con mucho cariño”, escribió una persona en redes sociales. El caso ha provocado indignación entre usuarios y colectivos LGBTQ+, quienes han comenzado a difundir el hashtag #NoMásTransfeminicidios para exigir justicia y visibilizar la violencia contra mujeres trans en el país. Organizaciones también pidieron a medios y autoridades respetar la identidad de género de Fanny y evitar procesos de revictimización. “La violencia transfeminicida es una realidad galopante en el país”, señalaron activistas, quienes además recordaron que las reformas para tipificar el transfeminicidio deben traducirse en justicia real para las víctimas. Amistades y alumnas la recuerdan como una gran maestra de danza y una persona llena de sueños que hoy quedaron truncados. https://elclosetlgbt.com










