La gota en la frente por Laura Terciado

Mar Cambrollé Jurado • 26 de julio de 2023

Durante el último lustro de mi vida, me he dedicado a las redes sociales y no puedo evitar que cada comentario y cada DM, cada insulto y cada amenaza, cada descalificación y cada intento de intimidar, me cale hondo.

Durante el último lustro de mi vida, me he dedicado a las redes sociales. He generado contenido de todo tipo, para todas las plataformas. He hecho fotos, diseñado carruseles, escrito millones de caracteres para copys, subido stories, tuiteado, posteado. He visto cientos de miles de horas de programas de televisión (y podcast) a velocidad x2 para elegir el instante perfecto, el momento exacto que hace que te cabrees en Twitter, el minuto justo que te pone blandito en Instagram, los veinte segundos que has visto una y otra vez en TikTok. He observado tantos algoritmos que no eres capaz de dejar de ver ciertas caras en tu teléfono. Por mucho que las odies.


He visto millones de formatos, miles de horas de stories, tengo el pulgar desgastado de hacer scroll. He gestionado decenas de perfiles. Personales, profesionales, políticos, televisivos, de cine, informativos, de entretenimiento, divulgativos. De productos veganos, de coches, de ETTs. De personas que se auto proclaman adalides de las condiciones laborales dignas, la justicia social, el antirracismo, la lucha por los derechos LGTBI.


A ti, que me estás leyendo, es muy probable que en estos últimos años te haya hecho reír, te haya hecho llorar, haya conseguido que te enfades. Quizá he removido tu conciencia, te he hecho cambiar de opinión, o a lo mejor, simplemente, he conseguido que sonrías por primera vez en todo un día. Porque estoy ahí, detrás. Detrás de las imágenes, de los vídeos, de los caracteres. Leyendo, contestando, filtrando. Yo soy quien ve tus DMs, quien administra tus comentarios, quien gestiona tus insultos.

En estos últimos años he visto muchas cosas. He leído muchas otras. Yo también me he reído, también me he enfadado, me he frustrado, también he llorado. Llevo leyendo cinco años una y otra vez, cada día, a personas insultando a otras por sus cuerpos, por sus ideas, por sus ideologías. Prejuicios en forma de odio y descalificaciones. Una y otra vez. Comentarios y más comentarios llenos de bilis. Insultos. Mentiras. Más insultos. Bulos. Ideas preconcebidas. Más y más insultos. He visto fotopollas, escuchado audios de señores borrachos deseando que alguien (o yo misma) se muera. He leído mensajes animando a que los protagonistas del programa en el que trabajo se suiciden. He visto los mismos comentarios una y otra vez, como escritos por clones. Puta, gorda, nazi, pederasta, drogadicta, ignorante.


En el mismo vídeo, he visto a personas pelearse pese a estar defendiendo las mismas ideas. Me han acusado, en el mismo post, de inculcar a menores la perpetuación del género y de intentar calzar la idea de que hay que abolirlo. He tenido que leer que ésta o aquella estaría mejor colgada de una soga. Y otras cosas que ojalá no recordase.


Me fascina mi trabajo y, pese a saber en qué consiste, no puedo evitar que cada comentario y cada DM, cada insulto y cada amenaza, cada descalificación y cada intento de intimidar, me cale hondo. Se me antoja como ese método de tortura que se empleaba contra el reo, tumbándolo boca arriba dejando que le cayese una gota de agua fría cada segundos en la frente. Sin poder moverse, sin poder dormir, ni beber agua, hasta que se moría de un paro cardíaco.


El odio digital forma parte de la vida de casi todo el mundo ahora mismo, en mayor o menor medida. Porque no, no te vuelves impermeable. Te crispas, te intoxicas, te ahogas. Te va erosionando la piel de la frente poco a poco. ¿Podemos acostumbrarnos? ¿Podemos permanecer impasibles, imperturbables? ¿Podemos evitar que la gota acabe con nosotros?


Recuperado de: https://www.elsaltodiario.com/de-haberlo-sabido/gota-frente

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El caso es considerado un precedente para mujeres trans en México. La agresión ocurrió en un hotel de la alcaldía Benito Juárez en 2022.
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Barcelona, octubre de 1991. España todavía está entrando en los años 90, a unos meses de los Juegos Olímpicos. La ciudad intenta proyectar modernidad, apertura, libertad. Pero, en una glorieta del parque de la Ciutadella, un grupo de jóvenes neonazis encuentra a varias personas sin hogar descansando bajo unas mantas. Entre ellas hay una mujer trans de 45 años, Sonia Rescalvo. Pocos minutos después sería asesinada a golpes, patadas y barras metálicas, y otras dos personas resultarían gravemente heridas con secuelas permanentes. Y aunque entonces casi nadie lo sabía, aquel crimen iba a cambiar para siempre la manera en que la justicia española entendería los delitos de odio. ¿Quién era Sonia? Sonia Rescalvo nació en Cuenca en 1965. Y como muchísimas personas trans de su generación, tuvo que marcharse de su entorno para poder vivir su identidad. En la actualidad, usamos una palabra muy potente para eso: sexilio. Y Barcelona en aquella época, con todas sus contradicciones, era uno de los pocos lugares donde una persona trans podía intentar construir una vida con algo más de libertad. Sonia trabajó como vedette durante un tiempo, pero la realidad terminó golpeándola muy duro entre adicciones, prostitución y pobreza extrema. Una vulnerabilidad que la convertiría en un claro objetivo. La noche de los hechos El 5 de octubre de 1991, un grupo de jóvenes skinheads pasaba la noche por distintos bares de Barcelona, y sobre las tres y media de la madrugada entraron en el parque de la Ciutadella. Allí llegan a una glorieta donde duermen varias personas sin hogar tapadas con mantas y empiezan a hacer ruido. Sonia y otra persona les dicen algo muy sencillo: que los dejen dormir. En ese momento, se desencadena lo peor. Los agresores se dan cuenta de que quienes están allí son homosexuales y personas trans, y uno de ellos utiliza la expresión “subir a tocar el tambor”, que en su argot significaba golpear brutalmente la cabeza de alguien en manada. Los agresores comenzaron a patear sus cabezas y tórax, hasta que Sonia perdió el conocimiento. Seguidamente, uno de los neonazis comprobó si alguna de las víctimas seguía respirando, para acto seguido acabar con su vida. Un antes y un después en la justicia española El caso Sonia obligó a la justicia española a hacerse una pregunta distinta. Hasta entonces muchas investigaciones se centraban exclusivamente en: quién golpeó, quién mató o quién llevaba el arma. Pero este crimen obligó a preguntarse algo mucho más profundo: ¿por qué eligieron precisamente a esa víctima? Porque ella no fue asesinada al azar. Era una mujer trans, era pobre y dormía en la calle. En definitiva, era vulnerable. La agresión no solo buscaba matarla sino mandar un mensaje de exclusión y de odio a todo un colectivo. Los errores en la construcción del caso El problema estructural en este caso radica en que no se contemplara el motivo discriminatorio en el actuar criminal. Muchas veces, el problema aparece al principio, en cómo se mira el crimen. Con Sonia ocurrió algo peligrosísimo: se empezó investigar como una agresión salvaje de jóvenes violentos, pero no con toda la intensidad necesaria como una posible agresión selectiva contra personas vulnerables. Afortunadamente, el Mosso d’Esquadra Joan Carles Molinero Juncà, se hizo cargo de esa investigación y la impulsó de forma moderna y profesional, pero voluntarista. Y eso condiciona todo. Porque, si desde el primer momento no incorporas la discriminación como hipótesis, el odio puede desaparecer del procedimiento aunque sea el núcleo del crimen. La importancia del fiscal especialista en delitos de odio Hay quien piensa que un fiscal solo aparece en el juicio. Y no. Hay fiscales revisando denuncias, monitorizando procedimientos, intentando detectar motivaciones discriminatorias que a veces ni siquiera aparecen claramente descritas en el atestado inicial por razones ajenas a los policías. Esta labor exige formación, sensibilidad y muchísimo compromiso humano. Y a pesar del esfuerzo, su ánimo no decae. Saben que detrás de cada denuncia hay una persona que muchas veces llega rota, con miedo, con vergüenza o con sensación de que nadie le va a creer. Y ahí, el papel del fiscal es estrictamente necesario. La realidad de las mujeres trans en la actualidad En unas jornadas recientes en la Fiscalía, se analizó el asesinato de Sonia, con la oportunidad de conversar y aprender de Sofía, Judith y Marina, mujeres trans con increíbles reflexiones e historias a sus espaldas. No hablaron desde el resentimiento, pero también desde la dignidad, reivindicando algo tan simple como su derecho a existir, a vivir tranquilas y a no tener miedo. Un testimonio que recuerda que la discriminación y la transfobia no conceptos abstractos. Detrás de ellas hay seres humanos, y la dignidad humana, no se debate. ¿Acabarán algún día este tipo de crímenes? El fiscal asegura que el problema no ha desaparecido, sino que ha cambiado de forma. A día de hoy tenemos mejores leyes y mayor formación, pero siguen existiendo discursos de deshumanización que se amparan en era de la desinformación. Hay que recalcar dos ideas fundamentales: 1. Los delitos de odio no castigan ideas, castigan conductas que lesionan derechos fundamentales en un contexto discriminatorio. 2. Los discursos de odio sí son peligrosos por sí mismos, porque reducen las barreras frente a la violencia. Cuando conviertes constantemente a un colectivo en amenaza, acabas facilitando que alguien crea legítimo atacarlo. 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