La cantante negra y trans que resiste a Bolsonaro

ATA - Sylvia Rivera • 27 de enero de 2020

Las letras combativas de la banda brasileña de Liniker y Os Caramelows son un fenómeno musical y social

En el Brasil de Bolsonaro no hay lugares nobles reservados a mujeres negras, trans y pobres. Lideran los ranking de víctimas de violencia antes que los de éxitos, pero Liniker de Barros Ferreira (São Paulo, 23 años) ha roto el molde, con la ayuda de su madre y de Internet. Sus videoclips acumulan más de 40 millones de visualizaciones en YouTube, llena conciertos en media Europa y la aplauden como uno de los rostros de la vanguardia de la música brasileña. “La música negra brasileña”, puntualiza siempre. Ella, criada en un país en el que se asesina a un joven negro cada 23 minutos, quiere dejar de dar las gracias por estar viva.

Liniker y su banda Os Caramelows nacieron en un garaje en 2015, con un puñado de cartas de amor nunca enviadas y 34 euros para pagar billetes de autobús y comprar bocadillos. Sus tres primeros videoclips se grabaron en el salón de la madre del guitarrista, se viralizaron y en cinco días eran un fenómeno. “Hoy los más jóvenes no escuchan música, ven música, y eso es algo importante para entender nuestro éxito”, ilustra Liniker antes de su concierto en junio en las Naves Matadero, en Madrid. Su estética andrógina, con carmín en los labios, perilla, grandes pendientes y vestidos de lentejuelas quiebra el muro de los prejuicios de Brasil, el país donde mueren más personas trans asesinadas de todo el mundo. Sus letras y su música, una combinación de soul con ritmos tropicalistas, son en sí mismas una reivindicación política.

Con apenas tres canciones, sin disco ni discográfica y sin saber muy bien qué hacer, la banda salió de gira a los dos meses de lanzarse en Internet. La Red ya había catapultado a otros fenómenos como Rico Dalasam , negro y gay, que conquistó el mundo machista y homófobo del rap. Y ese mismo año, 2015, la artista drag Pabllo Vittar comenzaba en YouTube una ascensión que la convertiría en estrella y niña bonita de patrocinadores como Adidas o Avon. Algo estaba cambiando en Brasil.


“Vivimos en un país muy difícil. Empezamos a reconocernos y a querer salir porque no teníamos representatividad. Queríamos entrar en los espacios en los que hasta ese momento no teníamos acceso”, cuenta Liniker en su camerino. La llegada del ultraderechista Jair Bolsonaro a la presidencia del país ha supuesto una decepción para la banda, defensora de todas las causas que el mandatario desprecia. “Con Bolsonaro en el poder, tenemos miedo, estamos expuestos”, lamenta.

Hace cuatro años, Liniker no tenía un centavo en el bolsillo. Ni siquiera pasaporte. Estudiaba teatro y comenzaba a redescubrirse. Apareció por primera vez en su ciudad, en el interior de São Paulo, con ropa de mujer y comenzó la catarsis. Mientras parte de su familia la observaba con recelo, su madre, Ângela, profesora de baile y su mayor inspiración, la animaba. “Si mi madre, que me había criado, estaba tranquila, estaba todo bien. Al resto, que le den”, contó a EL PAÍS en 2015, cuando apenas salía del cascarón.

Hoy la banda tiene dos discos, se mantiene como un grupo independiente y va por la quinta gira internacional. Ha visto a fans con su cara tatuada en el brazo y se ha convertido en una referencia, un papel agotador también. “A veces, tengo la sensación de que me colocan de una forma masticada para que la gente entienda etiquetas como el no-binarismo. Pero este proceso que yo he vivido es algo complejo, que necesita tiempo”, asegura. “Hay una exigencia demasiado fuerte para que explique las cosas”.

Los viajes los conciertos, la batalla por hacerse un hueco lejos de lo mainstream han moldeado al grupo. “Creo que hemos conseguido crear nuestra firma. Es un sonido poco procesado, donde escuchas el ambiente, los detalles. Es también nuestra forma brasileña de expresarnos. Hemos creado un sonido tropical, vivo, muy conectado con lo que ocurre”, ilustra la cantante. “Ahora no consigo verme más creando rápido, en eso también he madurado”.

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Barcelona, octubre de 1991. España todavía está entrando en los años 90, a unos meses de los Juegos Olímpicos. La ciudad intenta proyectar modernidad, apertura, libertad. Pero, en una glorieta del parque de la Ciutadella, un grupo de jóvenes neonazis encuentra a varias personas sin hogar descansando bajo unas mantas. Entre ellas hay una mujer trans de 45 años, Sonia Rescalvo. Pocos minutos después sería asesinada a golpes, patadas y barras metálicas, y otras dos personas resultarían gravemente heridas con secuelas permanentes. Y aunque entonces casi nadie lo sabía, aquel crimen iba a cambiar para siempre la manera en que la justicia española entendería los delitos de odio. ¿Quién era Sonia? Sonia Rescalvo nació en Cuenca en 1965. Y como muchísimas personas trans de su generación, tuvo que marcharse de su entorno para poder vivir su identidad. En la actualidad, usamos una palabra muy potente para eso: sexilio. Y Barcelona en aquella época, con todas sus contradicciones, era uno de los pocos lugares donde una persona trans podía intentar construir una vida con algo más de libertad. Sonia trabajó como vedette durante un tiempo, pero la realidad terminó golpeándola muy duro entre adicciones, prostitución y pobreza extrema. Una vulnerabilidad que la convertiría en un claro objetivo. La noche de los hechos El 5 de octubre de 1991, un grupo de jóvenes skinheads pasaba la noche por distintos bares de Barcelona, y sobre las tres y media de la madrugada entraron en el parque de la Ciutadella. Allí llegan a una glorieta donde duermen varias personas sin hogar tapadas con mantas y empiezan a hacer ruido. Sonia y otra persona les dicen algo muy sencillo: que los dejen dormir. En ese momento, se desencadena lo peor. 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La agresión no solo buscaba matarla sino mandar un mensaje de exclusión y de odio a todo un colectivo. Los errores en la construcción del caso El problema estructural en este caso radica en que no se contemplara el motivo discriminatorio en el actuar criminal. Muchas veces, el problema aparece al principio, en cómo se mira el crimen. Con Sonia ocurrió algo peligrosísimo: se empezó investigar como una agresión salvaje de jóvenes violentos, pero no con toda la intensidad necesaria como una posible agresión selectiva contra personas vulnerables. Afortunadamente, el Mosso d’Esquadra Joan Carles Molinero Juncà, se hizo cargo de esa investigación y la impulsó de forma moderna y profesional, pero voluntarista. Y eso condiciona todo. Porque, si desde el primer momento no incorporas la discriminación como hipótesis, el odio puede desaparecer del procedimiento aunque sea el núcleo del crimen. La importancia del fiscal especialista en delitos de odio Hay quien piensa que un fiscal solo aparece en el juicio. Y no. Hay fiscales revisando denuncias, monitorizando procedimientos, intentando detectar motivaciones discriminatorias que a veces ni siquiera aparecen claramente descritas en el atestado inicial por razones ajenas a los policías. Esta labor exige formación, sensibilidad y muchísimo compromiso humano. Y a pesar del esfuerzo, su ánimo no decae. Saben que detrás de cada denuncia hay una persona que muchas veces llega rota, con miedo, con vergüenza o con sensación de que nadie le va a creer. Y ahí, el papel del fiscal es estrictamente necesario. La realidad de las mujeres trans en la actualidad En unas jornadas recientes en la Fiscalía, se analizó el asesinato de Sonia, con la oportunidad de conversar y aprender de Sofía, Judith y Marina, mujeres trans con increíbles reflexiones e historias a sus espaldas. No hablaron desde el resentimiento, pero también desde la dignidad, reivindicando algo tan simple como su derecho a existir, a vivir tranquilas y a no tener miedo. Un testimonio que recuerda que la discriminación y la transfobia no conceptos abstractos. Detrás de ellas hay seres humanos, y la dignidad humana, no se debate. ¿Acabarán algún día este tipo de crímenes? El fiscal asegura que el problema no ha desaparecido, sino que ha cambiado de forma. A día de hoy tenemos mejores leyes y mayor formación, pero siguen existiendo discursos de deshumanización que se amparan en era de la desinformación. Hay que recalcar dos ideas fundamentales: 1. Los delitos de odio no castigan ideas, castigan conductas que lesionan derechos fundamentales en un contexto discriminatorio. 2. Los discursos de odio sí son peligrosos por sí mismos, porque reducen las barreras frente a la violencia. Cuando conviertes constantemente a un colectivo en amenaza, acabas facilitando que alguien crea legítimo atacarlo. 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