Exclusiones múltiples que atraviesan la vida de las personas trans
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Detrás del abandono escolar hay currículos escolares que omiten cualquier identidad fuera del binario hombre-mujer, pronombres autopercibidos ignorados y casos de acoso que rara vez se denuncian. Daniela es sorda profunda, negra y lleva años intentando cambiar su nombre en los registros oficiales, sin éxito. Cada vez que ha acudido a una oficina, ha necesitado una intérprete de lengua de señas y, en lugar de recibir apoyo, ha experimentado múltiples rechazos. Su historia fue una de las que atravesaron los debates del X Coloquio Internacional Trans-Identidades Género y Cultura, celebrado en el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), del 12 al 14 de mayo, bajo el título “Diálogos desde la memoria, el activismo y la academia para asegurar derechos en tiempos de desafío global”.
El espacio reunió a investigadoras, activistas, profesionales de la salud y personas diversas, quienes aportaron sus miradas sobre cómo la exclusión que enfrentan las personas trans rara vez llega sola. Se profundiza y golpea al mismo tiempo, en ámbitos como la escuela, la salud, el empleo y la familia. “Las personas sordas trans enfrentan una doble discriminación, marcada tanto por las barreras de comunicación como por prejuicios hacia sus identidades de género; muchas veces ni su propia familia conoce su idioma”, sostiene Anaelys Betharte Gutiérrez, vicepresidenta en La Habana de la Asociación Nacional de Sordos de Cuba (Ansoc). Según explica, muchas enfrentan exclusión en el acceso al empleo, incluso cuando cuentan con la calificación requerida. “Muchas veces no son aceptadas o terminan relegadas a puestos de menor remuneración”, señala.
Las personas sordas trans enfrentan una doble discriminación, marcada tanto por las barreras de comunicación como por prejuicios hacia sus identidades de género, refirió Anaelys Betharte Gutiérrez. Betarte insiste en que la inclusión pasa por el respeto a la identidad de género y por reconocer el derecho de estas personas a vivir su sexualidad libremente.
A su juicio, la aprobación de la Ley 94/2024, que reconoce la lengua de señas cubana como idioma, abre caminos concretos al obligar a las instituciones a capacitarse y ampliar cursos y convenios con organismos públicos. Sin embargo, garantizar intérpretes y accesibilidad real en hospitales, estaciones policiales, terminales y oficinas legales sigue siendo una tarea pendiente.
Muchos conceptos asociados a las transidentidades aún no tienen señas consensuadas, lo que obliga a los intérpretes a prepararse, además, para evitar reproducir prejuicios durante la mediación, explicó Eylin Coto Cartaya. Frente a esa realidad, detalló, el trabajo conjunto entre intérpretes, especialistas del Cenesex y personas sordas trans ha permitido crear un glosario colaborativo de nuevas señas, construido desde las propias vivencias de la comunidad. Esas señas fueron luego validadas y socializadas en distintos municipios, como parte de una estrategia que busca garantizar que la educación integral de la sexualidad también sea accesible, pertinente e inclusiva para las personas sordas.
Hay una trayectoria que se repite: discriminación, acoso sin respuesta institucional y, al final, abandono escolar. Las consecuencias se extienden por décadas, precisa. Una persona trans que no termina sus estudios llega a la vejez sin años de trabajo acumulados y sin acceso a la seguridad social. Detrás de ese abandono hay currículos escolares que omiten cualquier identidad fuera del binario hombre-mujer, pronombres autopercibidos ignorados y casos de acoso que rara vez se denuncian.
La educación integral de la sexualidad está transversalizada en los objetivos de todos los niveles educativos cubanos, pero eso no basta si no se forma a quienes enseñan y si esa formación no se actualiza. Para la profesora Lucía García Ajete, un foco clave es la educación integral de la sexualidad, transversalizada en los objetivos de todos los niveles educativos cubanos, desde la primera infancia. Pero eso no basta si no se forma a quienes enseñan y si esa formación no se actualiza, segura. La diversidad sexual apenas aparece en la formación médica, lo que perpetúa prejuicios con consecuencias concretas sobre la atención. Si los médicos no se forman desde la facultad en estas realidades, si los maestros llegan al aula sin esas herramientas, el trato discriminatorio es casi inevitable.
Los efectos de la exclusión no son solo sociales, también repercuten en la salud. Amelia Guerra-Zayas Bazán, profesora de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana, parte de una revisión de la literatura científica de los últimos cinco años para llegar a una conclusión contundente: no existe en ningún país del mundo una guía nutricional oficial para personas trans en tratamiento hormonal cruzado. Los estudios describen un perfil preocupante de sobrepeso, obesidad, deficiencias de calcio, vitamina D y zinc, y riesgos cardiovasculares. Parte de esa realidad responde a condiciones concretas. “Muchas chicas trans que ejercen el sexo transaccional duermen de día, trabajan de noche y recurren a la comida más rápida y barata que encuentran”, explica.
El cuidado corporal es una dimensión que también se desatiende. La investigación sobre el acceso a intervenciones de afirmación de género —binder o faja compresora torácica, tratamientos hormonales y cirugías— reveló una alta demanda frente a un acceso muy limitado. Sin alternativas seguras, muchas personas recurren a métodos que dañan el cuerpo y la salud, alerta. Esa brecha revela barreras estructurales persistentes, como limitaciones del sistema sanitario, escasez de personal especializado, trabas administrativas y bajo apoyo social y familiar.
La exclusión también atraviesa espacios tan cotidianos como el deporte, asegura Logan Sixto Quintana, activista trans egresado de la Facultad de Cultura Física de Villa Clara, al centro del país. Más allá del debate sobre atletas trans en competencias de élite, puso el foco en las violencias cotidianas en el deporte. No se trata de si un atleta trans puede competir en unos Juegos Olímpicos; sino de vivir el deporte de forma plena y sin discriminación”, afirma. “Durante dos años me exigieron usar un lazo en el cabello para ‘verme más femenina’. Era una imposición cultural, no reglamentaria”
El reto no es jerarquizar discriminaciones, sino desmontar las estructuras que las reproducen. Las desigualdades no operan de manera aislada. Ser una persona trans, en situación de discapacidad, negra, vivir en una zona rural o en condiciones de pobreza no son vulnerabilidades que se suman; se potencian entre sí y producen formas específicas de exclusión. El reto no es jerarquizar discriminaciones, sino desmontar las estructuras que las reproducen”. El Centro de Estudios de la Mujer, insiste en que las leyes no bastan, si las instituciones no participan activamente, si la educación sexual no llega a todos los espacios, si las políticas ignoran que todas las personas trans no viven la exclusión del mismo modo.
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