Definirme como chico trans me permitió dejar de llorar por tristeza y empezar a hacerlo por felicidad

ATA - Sylvia Rivera • 21 de febrero de 2019

Mastectomía. Unos meses atrás se realizó la operación para quitarse las mamas: sintió que se liberaba de algo que le incomodaba. Ya tiene su DNI de varón. Aquí cuenta cómo fue el proceso de darse cuenta.

Días atrás realicé una consulta en el sitio web del Gobierno para averiguar en qué estado se encontraba el trámite de mi nuevo DNI que inicié hace unos meses. Para mi sorpresa, al ingresar mi número de documento, el sistema me dio la bienvenida con el nombre con el que elegí llamarme, Samuel Valentín Zuidwijk. De inmediato, los ojos se me llenaron de lágrimas. Como nunca antes, el 2018 fue un año en el que sentí las emociones a flor de piel. Así, me encontré llorando de felicidad cuando finalmente conté con el apoyo de mi familia en el camino que había decidido emprender, cuando tuve entre mis manos la autorización médica para que pudiesen realizarme la mastectomía , y, treinta días más tarde, cuando volví a salir al mundo sin llevar puesta la faja que me había acompañado durante todo el período de recuperación. A mi modo de ver, la emoción es consecuencia directa de un profundo sentimiento de realización. Es cierto, auto conocerme me demandó muchísimo tiempo.

Comencé a derramar lágrimas –pero de tristeza– desde chico. Según me cuentan, me arrancaba las hebillitas del pelo cuando me las ponían y estallaba en llanto cada vez que pretendían que usara un vestido. Desde aquel entonces resultaba evidente mi incomodidad frente a la imposición de un uso determinado del cabello o de una vestimenta diferente a la que mi hermano mayor tenía permitido usar. Por fortuna, él jamás me juzgó y me trató siempre como a un par . Pero, pese a llevarnos como iguales, ambos entendíamos que el mundo buscaba diferenciarnos el uno del otro. Juntos crecimos jugando a los detectives, siempre a la espera de que él diese su próximo estirón para que yo pudiera heredar su “ropa de nene”.

Sin embargo, el tiempo pasó y mi forma de vestir y de expresarme se volvieron cada vez más disruptivas ante la mirada de los demás, especialmente una vez llegados mis años de adolescente. Para entonces, mi cabello era corto y mi atuendo y actitudes marcadamente varoniles. Mis viejos me respetaban, pero no perdían las esperanzas de que me “encarrilase”.

Recuerdo que durante la época de las fiestas de quince –que, por supuesto, no quise celebrar– intentaron convencerme de que usara un poco de rímel o de maquillaje para que luciera algo más femenino, ya que daban por sentado que verme con vestido era completamente imposible. Pero las negociaciones con mis padres no eran nada en comparación con el sufrimiento que me producía tener que usar falda en el colegio. Al igual que me ocurría en mi infancia, era tal la angustia que me invadía en esos días que sólo podía llorar. Mi autoestima se desplomaba y no salía al patio para que nadie me viese. Curiosamente, jamás me cuestioné el origen de aquellos sentimientos, aunque los comprendía muy bien: no me sentía identificado con el modo en que, por estereotipo, las mujeres debían verse.

Mis compañeros de curso tampoco me pusieron las cosas fáciles. La disidencia en mi forma de ser me valió un pasaje directo a la tierra del bullying. Como castigo por ser distinto, me trataban de “lesbiana”. Pero lo que más me afectaba era que se refiriesen a mí con pronombres masculinos. Paradójicamente, como todavía me identificaba como una chica, el ser tratado de esa manera me hacía sentir inferior al resto.

La discriminación fue uno de los motivos por los cuales tomé la decisión de salir del clóset por primera vez. Entendí que para satisfacer las exigencias y la curiosidad de los demás lo mejor que podía hacer era rotularme de alguna manera. En un primer término dije que era bisexual y, tiempo después, lesbiana. Disipadas las dudas –para los demás–, las agresiones en la escuela fueron cesando poco a poco. Sin embargo, mis declaraciones no sólo tuvieron que ver con una demanda del afuera, sino y principalmente con las pequeñas certezas que yo mismo fui encontrando para poder acercarme hacia mi verdadera identidad. Y no fueron inocuas: me valieron el alejamiento de varios compañeros de curso con los cuales formábamos un grupo de “amigos”, que no lo aceptaron.

Comprendí que la etiqueta de lesbiana que me había auto impuesto no me representaba. Con el abanico de opciones volviéndose cada vez más estrecho, empecé a sospechar que en verdad me sentía identificado con el género masculino. En ese momento, ante la posibilidad real de que mi identidad fuese la de un chico trans, me vi invadido por fuertes sentimientos de confusión y de temor .

Al mismo tiempo, me parecía preocupante el bajísimo cupo laboral disponible para los miembros de esta comunidad. En pocas palabras, temía que, de asumirme como tal, mi vida fuese a cambiar drásticamente. Sin embargo y en menor medida, también rememoro el pesar que me ocasionaba tener que darle la razón a todos los compañeros de curso que se habían mofado de mí. Me dolía en el orgullo admitir que no se habían equivocado.

Pero tapar el sol con las manos me resultó imposible; para el final del secundario había dejado de representarme por completo con el género femenino. Contrariamente, cuanto más masculino se veía mi reflejo en el espejo, más a gusto conmigo mismo me sentía. Por fin, decidí evaporar toda duda y comencé a contactar a través de las redes sociales a gente trans y “no binaria”, término que me definió durante ese período de mi vida y que hace referencia a aquellas personas que no logran identificarse con ningún género en particular. Así fue como comencé a formar parte de una nueva comunidad y como conocí a Mariano, un chico trans con quien hicimos amistad y cuyas palabras me darían el empujón que me estaba haciendo falta: “ Si tu familia o tus amigos no te aceptan, tienes toda una comunidad detrás tuyo que lo va a hacer y que te va a contener”.

En aquel contexto conocí a mi actual novia, una chica cis con quien nos pusimos en contacto a través de un grupo de amigos que compartíamos.

Según me contó tiempo después, ella se dio cuenta de que yo era un varón trans desde la primera vez que me vio. Desde luego, al frecuentar entornos LGBT en ambos casos, eso le pareció de lo más normal. Al hablar de nuestra historia, la mayoría de las personas cis siente curiosidad por la forma en la que una chica y un chico trans se relacionan en el campo de lo sexual .

Esto jamás me generó ningún tipo de preocupación, ni tampoco a ella. En nuestro caso, al igual que en cualquier otro de este tipo, todo depende de los gustos de cada integrante y de cada pareja en particular.

La compañía y ayuda de mi novia resultaron indispensables para mi auto conocimiento. Un buen día apareció con un regalo, un libro llamado Infancia Trans , que relata la historia de una nena que comenzó a expresar su identidad de género desde muy temprana edad. El interés por Luana, su protagonista, me motivó a adquirir un segundo libro sobre ella, titulado Yo Nena, Yo Princesa , y escrito a modo de diario íntimo por su propia madre. Vi mi historia completamente representada en la de aquella niña y también en las palabras de su mamá, quien, al igual que la mía, había intentado disuadirla de la identidad que manifestaba tan abiertamente; conducta de la que decía estar arrepentida. Lloré a mares, pero, en aquella ocasión, las lágrimas fueron de felicidad. Había conseguido comprender y aceptar mi realidad. No sólo eso. A su vez, sabía que ese libro constituía la herramienta perfecta para que mi familia fuese capaz de entenderla también. Y así fue.

Con el panorama claro, tuve que elegir un nuevo nombre con el cual pudiera sentirme identificado. Entonces recordé mi infancia, cuando jugábamos a ser detectives con mi hermano mayor. Nos llamábamos Jimmy y Sam, y aunque este último era el nombre del personaje que mi hermano interpretaba, siempre fue el que más me había gustado de los dos. Como “Sam” me parecía muy corto, decidí que me llamaría Samuel , en honor a aquel niño que había expresado su identidad desde siempre; y que mi segundo nombre lo definiría la fecha de mi nacimiento, el día de San Valentín, que también hace alusión a la cualidad de “valentía”.

Mi nombre anterior no lo recuerdo con enojo, acaso sólo con cierta incomodidad. Lo cierto es que, a excepción de personas de mi confianza, dejé de divulgarlo a partir de entonces, ante todo porque temo que exista gente que, de conocerlo, tendría la sola intención de utilizarlo con el fin de buscar herirme, como me ha sucedido en el pasado y como le pasa a muchos en mi situación.

El “click” definitivo para mis padres se produjo con la fecha de mi operación. El 26 de julio de 2018 logré dar el que para mí fue un gran paso y modificar una parte de mi cuerpo con la que jamás me había sentido a gusto. Decidí realizarme una mastectomía, procedimiento que gracias a la Ley de Identidad de Género fue cubierto al ciento por ciento por mi obra social.

Momentos antes de ingresar al quirófano, mis viejos pudieron ver en mi rostro la alegría que representaba para mí lo que estaba a punto de suceder. Así me lo comunicaron y, de una vez por todas, supe que contaba con su completo apoyo. La intervención estuvo a cargo de la doctora Laura Bramati, una profesional del Hospital Italiano que me recomendaron otras personas trans. La recuperación demoró un mes y fue bastante dolorosa, pero valió la pena. Luego tuve permitido quitarme la faja que me había acompañado durante todo el proceso, justo el día en el que volvían a comenzar las clases en mi facultad. Retorné a las aulas llorando de la alegría. Recuerdo la sensación del contacto de mi piel con la ropa como el signo indiscutible de que, por fin, había concretado mi sueño.

Hoy en día no me considero un “varón hecho y derecho”, sino que me identifico como un chico trans, ya que no nací con ciertas cualidades con las que un hombre cis sí. Además, creo que definirme de esa manera enaltece todo el camino de lucha por mi identidad. Si bien puedo decir que me encuentro conforme y feliz con mi apariencia, mi única asignatura pendiente es la de tener una voz algo más grave. Es por eso que tengo pensado someterme a un tratamiento hormonal, al menos durante un tiempo. Los médicos me informaron que algunos de los cambios que este tipo de terapia pueden traer aparejados son el crecimiento de vello, la redistribución de la grasa corporal y modificaciones de la estructura ósea. Por eso me han remarcado la importancia de la realización de controles periódicos.

Llamativamente, incluso miembros de la comunidad trans caen a veces en la trampa de la intolerancia y juzgan a nuestros pares por estar o no operados o bajo tratamiento hormonal, cuando nuestra expresión de género no tendría por qué definir la forma en la que cada individuo se auto percibe. Pienso que aún nos debemos una gran reflexión sobre estas cuestiones, y conservo la esperanza de que, en algunos años, por ejemplo, se acepte con naturalidad que la profe del colegio de nuestros hijos sea una persona trans. No pierdo la fe en que mi pequeña utopía se vuelva realidad algún día; en que se convierta en un momento más de esos tan felices que desde hace un tiempo he comenzado a vivir.
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Samuel Valentín Zuidwijk nació el 14 de febrero de 1999 en Capital Federal y vive en casa de sus padres junto con su hermano mayor. Empático con las personas que han transitado historias como la suya, se considera un joven privilegiado por haber podido crecer dentro de una familia en la que siempre tuvo garantizado el acceso a la salud y a la educación. Sus pasiones son la edición de video y la fotografía, las mismas que lo llevaron a inscribirse en la Licenciatura en Artes Audiovisuales, carrera que actualmente cursa en la Universidad Nacional de las Artes. Al respecto, proyecta utilizar los recursos y técnicas que está aprendiendo para poder dejar registro de su transición a través del tratamiento hormonal que está próximo a comenzar.

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