La batalla legal por honrar a Daniela, la chica trans a la que sus padres enterraron con el nombre masculino tras suicidarse
Si hay una forma de matar a una persona que ya está muerta es haciendo desaparecer de la eternidad el nombre que la acompañó en vida. Cuando la tierra se traga el cuerpo, lo que queda es el eco del mismo a través de esa breve palabra que condensa toda una existencia. Cada vez que alguien pronuncia el nombre de una persona fallecida, da forma a su espíritu con la carne de la lengua. A Daniela Martínez Silveira, una chica trans que se suicidó en 2022 con tan solo 21 años, sus padres le han negado tanto una vida como una muerte dignas. El derecho mismo a la memoria.

Sus padres la enterraron en el Cementerio Municipal de Aspe con su deadname o necrónimo —el nombre masculino que le asignaron al nacer y que ella modificó oficialmente a través del Registro en 2021— junto a una foto previa a su transición. Esto dio lugar a una batalla judicial, impulsada por una de sus amigas íntimas, Alana, y encabezada por las asociaciones LGTBIQ+, para que se investigue a los progenitores de Daniela por un delito de odio. Y con ello, modificar el nombre y la foto de Daniela en su sepultura.
Es ahora cuando, tras denunciarlo ante los juzgados, la Plaza núm. 1 de la Sección de Instrucción del Tribunal de Instancia de Novelda ha acordado la incoación de un procedimiento penal al entender que los hechos podrían constituir un delito.
Como explica el abogado del caso, Saúl Castro, “el caso de Daniela es el primero en la historia de nuestros tribunales en el que se está investigando una lesión póstuma de la dignidad a una persona trans, mediante su olvido forzado y la eliminación de la memoria de una mujer trans fallecida”. Es pionero, dice Castro, porque podría “sentar una jurisprudencia nueva en España que garantice que las personas trans han de ser enterradas y recordadas respetando la identidad que vivieron en vida, a pesar de la oposición de sus familiares”.
Este artículo científico publicado en 2023 define este acto como “una forma de detransición post mortem forzada” y sus autoras lo enmarcan en el concepto de “necroviolencia” acuñado por el antropólogo Jason de León en su libroThe Land of Open Graves. De León la define como aquella violencia generada y ejercida a través del tratamiento del cadáver, una forma de violencia que no se detiene con la muerte física de la persona, sino que continúa a través de la profanación del cuerpo —ya sea de manera física o simbólica— prolongando el sufrimiento de la persona incluso en el más allá.
En el escrito del fiscal de Delitos de Odio de Alicante, al que ha tenido acceso Newtral y en el que informaba a favor de la apertura de un procedimiento penal ante los indicios de delito, este señala que el acto llevado a cabo por los padres de Daniela “no se circunscribe a la esfera estrictamente íntima o privada del duelo familiar, sino que trasciende de forma innegable al ámbito público al plasmarse en un elemento arquitectónico con vocación de perpetuidad (un panteón) y visible para cualquier visitante del camposanto, reescribiendo la historia vital de la víctima”.
Además, el fiscal considera que de esta acción material se infiere una “absoluta gratuidad y crueldad al ignorar activamente el nombre legal oficial de la fallecida que, sin duda, constaba en los certificados médicos y registrales que tuvieron que manejar para el sepelio”, que también observa en el “requerimiento de una actuación premeditada” como es “encargar la talla de una lápida con un nombre específico”, pues esto “requiere un acto volitivo claro y sostenido”.
Esta actuación, apunta el fiscal, se enmarca en hechos previos narrados en la denuncia como, por ejemplo, el internamiento forzado en un centro religioso cuando Daniela era adolescente para someterla a terapias de conversión. “El profundo menoscabo que supone negar el derecho humano a la propia identidad, intentando borrarla para la posteridad mediante actos públicos y mediáticos, refleja una voluntad innegable de humillación”, añade en su escrito. Es también lo que la escritora Alana S. Portero llamó la “doble muerte” de las mujeres trans: cuando mueren y cuando se hace público profanando su identidad.
El fiscal recuerda, además, que “la muerte de la persona natural extingue la personalidad jurídica, pero no aniquila la protección de su memoria”, y que imponer a Daniela “en el lugar de su reposo definitivo el nombre y aspecto masculino que ella explícitamente repudió y modificó con pleno amparo del Estado” es un “verdadero borrado identitario post mortem”.
Saúl Castro explica que esta alteración deliberada de la identidad de Daniela en un cementerio municipal —un espacio solemne, de conmemoración y de concurrencia pública— no solo es un ataque individual a ella, sino a todo el colectivo de personas trans —de ahí que el abogado haya entendido que los hechos tienen encaje en el artículo 510 del Código Penal, conocido comúnmente como delito de odio—. Así lo entiende también la Fiscalía de Delitos de Odio de Alicante al señalar que “este tipo de actos generan un efecto amedrentador en la comunidad, transmitiendo el mensaje de que su identidad no será respetada ni siquiera en la muerte”.
Este verano me acerqué al cementerio a visitar la tumba de Daniela. Quería decir su nombre en voz alta como quien trata de medir el cielo con el palmo de la mano o la tierra con un puñado. Verter un llanto tierno que limpie la tierra que ha sido profanada. Pero Daniela ya no estaba. En el nicho familiar en el que la enterraron, donde antes estuvo su placa con su deadname y su foto pretransición apoyada sobre una banqueta, ya no había nada. En el exterior pude vislumbrar los restos de una pintada con el símbolo transfeminista —intuyo que de quienes querían a Daniela y acudieron a rendirle homenaje— y que alguien posteriormente había tratado de borrar con ahínco. Ante eso, sus familiares han preferido eliminar el deadname de su hija para que esta sea ilocalizable antes que permitir que más gente pueda acudir a recordarla como la mujer que fue. Daniela está enterrada ahí pero no hay rastro de su existencia. Como un árbol sin raíz en la tierra.
Este viernes 4 de septiembre Daniela cumpliría 26 años. En la denuncia que ha dado lugar a la apertura de un procedimiento penal consta que el día antes de su suicidio, Daniela, ante la situación de desamparo económico y emocional en la que se encontraba, pidió ayuda a sus padres. Quienes la querían aseguran que llegó a cerrar una cita con ellos para verse, pero no se presentaron. Al día siguiente, el 17 de abril de 2022, puso fin a su vida.
En el cómic A Game Of You, de Neil Gaiman, una chica trans llamada Wanda muere durante una tormenta. Su familia la entierra con su deadname, Alvin, por lo que una de sus mejores amigas, Barbie, acude al cementerio y con el que fue su color de pintalabios favorito, Tacky Flamingo, tacha el necrónimo y escribe WANDA. Porque un nombre, a fuerza de repetirlo, adquiere su propio lugar en el mundo incluso cuando el cuerpo ya no está presente. Si una puede parirse a sí misma las veces que haga falta hasta dar con la forma verdadera de su ser, como venía a decir la poeta Giovanna Cristina Vivinetto en un bello poemario sobre su transición, una puede morir tantas veces como haga falta hasta poder hacerlo en paz.

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