«Los niños trans somos personas. No una discusión política»
Carlos Caballero, un chico trans de 12 años, reclama en la Asamblea leyes que protejan a los menores, mientras Elena Moreno, profesora trans de Matemáticas, relata el apoyo de sus alumnos durante su transición. Dos voces contra la LGTBIfobia en las aulas.
Carlos Caballero tiene 12 años y una petición para los políticos que hoy pueblan los escaños de la Asamblea de Extremadura: que no se olviden de los niños cuando termine el pleno. Que sus derechos no dependan de quién gobierne. Que las palabras que pronuncian quienes tienen responsabilidades públicas no se conviertan en munición para quienes los rechazan. «Soy un niño como cualquier otro. Con sus sueños y sus miedos». Lo dice con la claridad de quien sabe que, a veces, lo más difícil no es explicar quién eres, sino convencer a los demás de que no tienes por qué justificarlo.
Carlos estudia segundo de ESO en un instituto de Don Benito. No quiere que esa condición ocupe toda su identidad. «Ser trans no es lo único que me define, es parte de mi historia». Pero también es una parte de su vida que lo ha obligado a enfrentarse a situaciones que otros niños de su edad quizá nunca hayan conocido. Ha tenido que escuchar a adultos preguntarse cómo podía tener tan claro lo que era con solo 12 años. Su respuesta es sencilla: siempre lo ha sabido, desde que tiene uso de razón. En su casa, explica, su familia también lo tuvo claro y le enseñó algo que ningún menor debería tener que aprender a fuerza de golpes: no necesita cambiar para que lo quieran.
«Ojalá todos los niños y niñas tengan la misma suerte que yo», dice. En esa conclusión hay gratitud, pero también una advertencia. Porque Carlos sabe que no todos encuentran en casa el mismo respaldo ni todos los centros educativos son espacios en los que un menor puede crecer sin miedo a los insultos o al rechazo. Por eso pide leyes que protejan de verdad a la infancia trans. Y dirige a los representantes políticos una reclamación que trasciende las siglas: «Nuestros derechos no dependen de quién gobierne». No quiere que su vida se convierta en un argumento de confrontación. «Somos personas. No una discusión política». A las familias les deja otro mensaje. No hace falta tener todas las respuestas, viene a decir. A veces basta con escuchar, decir «te quiero» y acompañar a los hijos en el camino que tienen por delante.
Elena Moreno también conoce el miedo a no ser aceptada. Tiene 29 años, es de Almendralejo y da clases de Matemáticas en el Instituto Bioclimático de Badajoz. Hace año y medio comenzó su transición mientras trabajaba en el instituto de Almendralejo donde ella misma había estudiado. La transición la vivió en el aula, ante estudiantes que hasta entonces la habían conocido de otra manera. Y con ella llegaron preguntas que no tenían que ver con las matemáticas ni con la preparación de las clases, sino con algo mucho más íntimo: cómo la verían sus alumnos a partir de entonces. Si la aceptarían. Si seguirían considerándola una buena profesional. El miedo era real. También la incertidumbre de exponerse en un espacio en el que debía ejercer su trabajo mientras atravesaba un cambio decisivo en su vida.
Pero ocurrió algo que no esperaba de aquella manera. Sus alumnos comenzaron a acompañarla. Le preguntaban cómo debían dirigirse a ella, cómo tratarla. Eran preguntas que quizá podían parecer pequeñas desde fuera, pero que para Elena significaban mucho: expresaban la voluntad de comprender y de respetar. «Mi transición dejó de ser algo que vivía con miedo y empezó a ser una experiencia compartida llena de cariño», explica. Poco a poco, la incertidumbre fue cediendo terreno. «Me di cuenta de que no estaba sola».
En el relato de Elena, el aula no aparece como un lugar del que tuvo que protegerse, sino como un espacio en el que encontró apoyo. Sus estudiantes no borraron las dificultades de la transición, pero contribuyeron a que pudiera vivirla sin sentirse aislada. La experiencia le permitió descubrir hasta qué punto el respeto cotidiano —una pregunta formulada con cuidado, una manera de dirigirse a alguien, un gesto de aceptación— puede cambiar la forma en que una persona afronta su jornada laboral.
Sin embargo, Elena no confunde su experiencia con la realidad de todas las personas trans. Sabe que no siempre ocurre así y que su historia no debe servir para restar importancia al miedo de quienes todavía temen revelar quiénes son en su trabajo. «Tuve suerte», reconoce. Y ahí aparece la parte más importante de su testimonio: «Pero no debería depender de la suerte que una profesora trans pueda trabajar con tranquilidad». El respeto, insiste, no puede quedar a merced de la sensibilidad de quienes rodean a una persona ni de que esta encuentre, por casualidad, un entorno favorable. «El respeto no debe ser un premio, sino una garantía».
Carlos habla desde la infancia, desde el lugar de quien todavía necesita que los adultos le aseguren que puede crecer sin renunciar a sí mismo. Elena lo hace desde su experiencia como docente, desde la responsabilidad de quien entra cada día en un aula y necesita que su identidad no se convierta en un obstáculo para ejercer su profesión. Sus historias son distintas. También lo son sus circunstancias. Pero ambas sitúan el respeto en el terreno de las cosas concretas: poder estudiar sin recibir insultos, sentirse querido por la familia, encontrar en los profesores y compañeros un trato digno o acudir al trabajo sin preguntarse si los demás seguirán reconociendo la capacidad profesional que siempre has tenido.
La LGTBIfobia en las aulas no se reduce a una cifra ni a un episodio aislado. También se manifiesta en las preguntas que ponen en duda la identidad de un menor, en los insultos que pueden marcar su experiencia escolar o en el temor a que la aceptación dependa de cómo reaccione su entorno. Frente a ello, las palabras de Carlos y Elena reclaman algo más que tolerancia: protección, acompañamiento y garantías. Elena encontró en sus alumnos una respuesta que la ayudó a dejar atrás parte de sus temores. Carlos sabe que cuenta con el respaldo de su familia y desea que otros niños puedan disfrutar de la misma seguridad. Ninguno debería necesitar una dosis extraordinaria de valentía para vivir su identidad con tranquilidad.
En la Asamblea, Carlos pide a los representantes políticos que tengan cuidado con las palabras que utilizan, porque pueden legitimar el odio. Elena recuerda que el respeto no debería depender de la suerte. Dos advertencias que apuntan en la misma dirección: la responsabilidad de construir espacios en los que nadie tenga que demostrar que merece ser tratado con dignidad.
Porque ningún niño debería recibir insultos por ser quien es. Y ninguna profesora debería temer que mostrarse tal como es ponga en duda su capacidad para enseñar. La igualdad empieza cuando el respeto deja de ser una excepción afortunada y se convierte en una garantía para todos.
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